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miércoles, 20 de febrero de 2019

El capitalismo: Hijo bastardo del militarismo - Capi Vidal

Fuente - El capitalismo: Hijo bastardo del militarismo - Portal Libertario OACA 4.2.2019 por Capi Vidal
La idea tan extendida de que el capitalismo es un producto del desarrollo interno de la economía, y más concretamente de las fuerzas de producción, oculta su verdadero origen. Este no se encuentra en ningún proceso de acumulación originaria como plantean el marxismo o el liberalismo, ni tampoco en una repentina transformación de las relaciones sociales de producción, fruto de determinadas fuerzas históricas vinculadas a la economía. El capitalismo es, primero y antes que nada, un producto de la guerra, y sobre todo del militarismo. Este es el origen del capitalismo que formalmente no se quiere reconocer, y que académicos, intelectuales, ideólogos, etc., ignoran o deliberadamente ocultan con sus construcciones ideológicas y demás dislates.
En la medida en que el capitalismo es un producto de la guerra cabe preguntarse por qué surgió en Europa en la época moderna y no en cualquier otro lugar donde, al igual que en Europa, también había guerras. La razón es bastante simple. El espacio geográfico en Europa estaba organizado en torno a una multitud de unidades políticas independientes, lo que conformaba un escenario geopolítico fragmentado y descentralizado. Prueba de esto es que en el s. XIV había en Europa aproximadamente 1.000 unidades políticas de diferente naturaleza que, además, estaban en permanente conflicto entre sí.[1] Así pues, existía un alto nivel de competición que estimuló la guerra de una forma que no tuvo lugar en ninguna otra parte del mundo donde, al contrario que en Europa, predominaban formaciones políticas imperiales, como es el caso del extremo Oriente, Asia central, norte de África, etc.
Por otro lado no hay que olvidar que el militarismo también necesita de la existencia de personas que lo promuevan y practiquen. Entre el final de la Edad Media y el Renacimiento todavía había en Europa una élite social cuya principal actividad era la guerra, a lo que hay que añadir el desarrollo de las incipientes monarquías nacionales cuyas casas reales operaron como fuerzas aglutinantes que reunieron bajo su mando extensos espacios geográficos, y con ellos importantes recursos económicos y humanos para afirmar su autoridad exclusiva sobre los territorios que reclamaban como propios. En este contexto histórico la guerra era una constante que estaba, a su vez, íntimamente unida a la mentalidad militarista de las élites de aquel momento, pues entendían que la conquista militar era una forma de alcanzar la gloria, y que ello constituía el deber de los monarcas para cumplir las expectativas del público.[2] De este modo comprobamos que la organización del espacio en Estados y la mentalidad militarista contribuyeron conjuntamente a la competición y a la guerra, y tal como veremos a continuación también a la aparición del capitalismo.
Como es sabido, la guerra genera importantes efectos en el conjunto de la sociedad a todos los niveles, pero sobre todo supone un poderoso estímulo para el desarrollo de la tecnología militar con el propósito de disponer de medios de destrucción más eficaces y devastadores, para de esta forma obtener una ventaja estratégica frente a posibles rivales. Las carreras armamentísticas fueron una constante desde entonces hasta nuestros días. Asimismo, la transformación del carácter de la guerra, con la introducción de nuevas armas y, también, nuevos métodos organizativos, sirvieron para incrementar el tamaño de los ejércitos, aumentar su eficacia en el campo de batalla al volverse más destructivos, y generar una importante estructura organizativa central del Estado que conllevó su crecimiento. El encarecimiento de la guerra, y el aumento de las capacidades del Estado para movilizar los recursos disponibles en su territorio, tanto en la forma de medios económicos como humanos para abastecer sus cada vez más grandes ejércitos permanentes, introdujo una demanda constante a todos los niveles de la producción económica.
Hasta el s. XVIII era habitual que con el estallido de una guerra se generasen toda clase de industrias prácticamente de la nada para poder abastecer masivamente a ejércitos cada vez más numerosos en muy poco tiempo. Esta tarea era encomendada generalmente a comerciantes que operaban como contratistas, y a los que se les confiaba la tarea de buscar a los productores capaces de satisfacer la fortísima demanda que imponían los ejércitos para disponer de todos los medios necesarios para ir a la guerra. Debido a que la forma de producción imperante hasta el s. XVIII fue la artesanal, existían grandes dificultades para satisfacer esta demanda masiva, y se creaban de manera improvisada industrias de todo tipo que sólo duraban lo que duraban las guerras. Después de esto, al desaparecer la demanda, estas industrias eran desmanteladas.
Sin embargo, la dinámica belicista y el militarismo crearon las condiciones para el florecimiento del capitalismo debido a los enormes gastos que supone la guerra, y sobre todo las sucesivas carreras armamentísticas en los periodos de paz con la existencia de ejércitos permanentes en expansión. A partir del s. XVI el crecimiento de los gastos militares en Europa se disparó, lo que propició la formación del mercado a escala nacional, es decir, al nivel de los Estados modernos que se habían formado en aquel entonces. La demanda masiva de bienes y servicios de todo tipo que desarrollan los ejércitos para su abastecimiento, desde el alojamiento pasando por la munición y el armamento, hasta llegar a la ropa, la manutención, el transporte, etc., exigió la mercantilización de la vida económica, esto es, la creación de un mercado en el que los ejércitos pudieran adquirir aquellos bienes que necesitaban para hacer la guerra. Todo esto es evidente cuando comprobamos que el tamaño de los ejércitos permanentes no dejó de crecer tanto en tiempos de paz como de guerra, sobre todo al estar compuestos por decenas de miles e incluso cientos de miles de efectivos.[3]
La guerra contribuyó de un modo decisivo a la formación de capital. Debido a la fuerte demanda que imponen los ejércitos, se formaron los fundamentos económicos del capitalismo. Esto fue así gracias al arrendamiento de impuestos, como ocurría en Francia donde los comerciantes contratistas que abastecían al ejército tenían la concesión de la recaudación de impuestos, y por medio de las ganancias derivadas de los réditos de los empréstitos estatales, tal y como sucedía en Países Bajos e Inglaterra. Esta acumulación de capital es la que permitió a estas gentes que se beneficiaron de la guerra emplear su riqueza en el fomento de la industria y del comercio, lo que dicho sea de paso era funcional para la actividad militar. Al fin y al cabo el ejército es una enorme masa de sólo consumidores que produce una demanda constante que estimula la producción comercial. En este sentido la demanda masiva que impone la guerra exige una rápida satisfacción de la misma, lo que contribuyó a cambiar la estructura económica y, así, posibilitar la creación de una organización capitalista de la producción y del comercio. Esto fue especialmente claro en la demanda de armas, donde se impuso rápidamente la estandarización, poniendo fin al antiguo taller de armería debido a que no podía suministrar rápidamente grandes cantidades de armamentos y de manera uniforme.
Las fábricas de armamentos fueron la base de la industria capitalista debido a las grandes cantidades de capital en forma de inversión que requerían para su normal funcionamiento, en donde el proceso de producción de armas implicaba una amplia especialización de las funciones de trabajo, además de la intervención de una gran cantidad de máquinas e instrumentos. Pero además de esto la guerra tuvo un efecto multiplicador sobre numerosas industrias en la transformación de la economía, estos son los casos de las fundiciones, armerías, municiones y materias primas entre otras. Esto facilitó la aparición de la industria siderúrgica debido a la creciente demanda de cañones de hierro, lo que estimuló los progresos en la fabricación de hierro entre el s. XVI y el XVIII. A causa de la magnitud y el modo de demanda del ejército, lo que está relacionado tanto con su tamaño como con el carácter del sistema de abastecimiento, se produjo una centralización económica y organizativa que a la postre condujo a la forma de producción capitalista. Así es como terminó dándose el paso de la producción artesanal a la producción fabril que anticiparía la producción típicamente capitalista a partir de la primera revolución industrial.[4]
La guerra, por tanto, impuso una lucha por la producción ante la acuciante necesidad de abastecer a ejércitos cada vez más numerosos y caros de mantener. Por esta razón la guerra indujo innovaciones en la producción, ya que una demanda masiva exigía una producción masiva, y consecuentemente una movilización masiva de recursos a escala nacional que fue efectuada por la organización centralizada del abastecimiento llevada a cabo por las estructuras del Estado, en conjunción con contratistas y diferentes empresas que integraron las industrias del incipiente complejo militar-industrial.[5] Una mayor y más rápida extracción de carbón y hierro de las minas para fabricar cañones en los altos hornos, la tala industrial de árboles para la producción de buques de guerra, la maquinización del sector textil para la fabricación a gran escala de uniformes militares y velas para los barcos, el desarrollo de una vasta industria química para la coloración de los uniformes, velas, banderas, estandartes y la producción de explosivos y municiones exigieron, y por tanto estimularon, el desarrollo de la ciencia en su aplicación técnica para resolver los desafíos que a nivel logístico y material imponían los esfuerzos de guerra. Y como decimos, esto se tradujo en cambios decisivos en la forma de producción que no tardaron en desembocar en el capitalismo. Se abandonó definitivamente la producción artesanal para adoptar la capitalista en la que la maquinización del proceso productivo, junto a la especialización del trabajo y la propia estandarización desarrolló la unificación de la producción y la aparición de la organización capitalista. Se trataba, en definitiva, de cambios cualitativos que influyeron decisivamente en la posterior transformación de la economía y de la sociedad. A largo plazo estos cambios sirvieron para aumentar la productividad con la formación de economías de escala que llevaron a cabo una asignación más eficiente de los recursos, lo que implicó el impulso del desarrollo de la tecnología militar y un abaratamiento de la producción de armamentos que relanzó el militarismo y el crecimiento de los ejércitos.[6]
Los intereses militares y geopolíticos de los Estados fueron los que, en un contexto de intensa competición internacional, y por tanto de guerra y carreras armamentísticas, impulsaron la transformación de la forma de producción dominante en la economía. No sólo apareció la empresa capitalista, también lo hizo el mercado dada la comercialización de una cantidad creciente de bienes y servicios de todo tipo, e igualmente se produjo la mercantilización del conjunto de la economía que dejó de estar centrada en el autoabastecimiento para producir para el mercado a cambio de dinero. La comercialización de la economía conllevó, asimismo, la monetización y la extensión del trabajo asalariado, unido a la urbanización de la sociedad con la formación de grandes industrias que concentraban la producción económica. A esto le siguió, a su vez, el desarrollo del sector financiero que tenía sus antecedentes más inmediatos en el s. XVI, momento en el que aparecieron las primeras bolsas mundiales ligadas al comercio de los títulos de deuda estatal con los que eran financiadas las guerras. Este fenómeno favoreció posteriormente la incorporación de las empresas comerciales al mercado financiero con la emisión de títulos de deuda privada. Por otro lado, y dada la creciente importancia del sector financiero en la regulación de una economía cada vez más monetizada, hicieron su aparición los bancos centrales que reunieron el conjunto del crédito de la economía nacional para financiar los gastos de guerra y las campañas militares de los Estados.[7] El dinero era un instrumento más eficaz a la hora de movilizar recursos de todo tipo para abastecer a los ejércitos, y la función de la banca no fue otra que la de adelantar el dinero para que el Estado pudiese gastar más rápido para preparar y hacer la guerra, en lugar de tener que aguardar a la recaudación de impuestos.
Tal y como señaló Charles Tilly en su momento, la guerra hace al Estado y el Estado hace la guerra.[8] Pero habría que añadir que la guerra, y el militarismo que esta lleva aparejada en el contexto internacional de un mundo organizado en Estados, produce el capitalismo, tal y como señaló en su momento Werner Sombart. Dicho esto, nos encontramos con que la importancia de la economía radica en el hecho de ser la base material sobre la que se apoya el poder militar que los Estados construyen en su competición geopolítica, de forma que las capacidades nacionales están determinadas por la economía, lo que determina, a su vez, el poder de un Estado en la esfera internacional. En este sentido la obra de Paul Kennedy es muy ilustrativa de cómo la base material de un Estado, su economía y cuán productiva sea esta, resulta decisiva a la hora de preparar, hacer y ganar la guerra. Por tanto, el auge y caída de las grandes potencias se explica a partir de factores geopolíticos en los que la economía juega un papel fundamental como soporte del poder militar. Así, en aquellos momentos en los que se produce un deterioro de esta base material del Estado, resultado de un exceso de intereses creados en la arena internacional, también se resiente su posición internacional al no tener la capacidad para sustentar el poder militar que le confirió el estatus de gran potencia. De esta forma al declive económico le sigue el declive político-militar del Estado en los asuntos internacionales.[9]
Históricamente el capitalismo ha sido un instrumento para dotar a los ejércitos de los recursos y medios precisos para preparar y hacer la guerra, en la medida en que el capitalismo mismo fue en su origen un producto del militarismo y de la guerra.[10] Por tanto, la necesidad de abastecer ejércitos más numerosos y apoyar el poder militar sobre el que se basa el poder internacional de un Estado, ha sido la razón de ser del surgimiento del capitalismo. La movilización de recursos y una economía productiva es lo que dota al Estado de unas capacidades nacionales con las que apuntalar su política exterior para, así, competir con éxito frente a otras potencias. El capitalismo ha cumplido esta función al favorecer el crecimiento, desarrollo y productividad de la economía nacional, lo que ha provisto al Estado de una creciente base tributaria con la que costear sus medios de dominación, y especialmente su poder militar con el que escalar hasta la cúspide de la jerarquía de poder internacional.[11] En lo que a esto respecta son notables las aportaciones hechas desde el paradigma realista y neorrealista de las relaciones internacionales, y especialmente de autores como Robert Gilpin y Kenneth Waltz que han incidido en la relación entre poder económico-industrial, poder militar y la posición que cada país ocupa a nivel internacional. Lo que, dicho sea una vez más, nos deja bien clara la función del capitalismo como forma de organizar la economía y la producción para, de este modo, dotar de medios materiales al poder militar para que el Estado proyecte su poder e influencia en el mundo.[12]
Si el militarismo es el padre del capitalismo también es a día de hoy su principal sostenedor. Basta con remitirse a casos concretos como el de EEUU donde la mayor partida presupuestaria del gobierno federal, después de las pensiones, la tiene el Pentágono con 716.000 millones de dólares en 2019, un gasto que supone que esta institución tenga a su cargo una mano de obra total de entre 5 y 6 millones de trabajadores en los sectores económicos más diversos.[13] La inversión del Pentágono en la economía estadounidense tiene, además, un efecto multiplicador sobre multitud de industrias, lo que conlleva la militarización de la propia economía que es supeditada a los fines del ejército. Por tanto, los presupuestos militares en EEUU desempeñan un papel decisivo debido a que implican la existencia de una demanda constante en la economía que, de este modo, se ve obligada a satisfacer a una escala masiva, pues el ejército de este país lo integran aproximadamente 1,4 millones de efectivos, y su equipamiento es tremendamente costoso.[14] De esta forma el conjunto de los recursos (económicos, humanos, financieros, materiales, naturales, intelectuales, etc.) que alberga el país son movilizados y puestos al servicio de los intereses del ejército.[15] Todo lo anterior es un claro reflejo del poder efectivo del ejército en EEUU en términos políticos, más allá de las convenciones establecidas por el ordenamiento constitucional de aquel país, al acumular una cantidad ingente de recursos económicos y humanos con los que dirige la economía nacional y somete la política federal.[16]
En definitiva, lo que puede concluirse de todo lo antes expuesto es que el capitalismo es ante todo un producto del militarismo y de la guerra. De esto se deduce que la existencia de los Estados y su competición internacional son el origen de los conflictos violentos que se producen entre estos,[17] lo que impone una serie de necesidades en el terreno de la producción económica que en su momento dieron origen al capitalismo. La vorágine militarista de los Estados, sobre todo al tratarse de instituciones que en último término son de carácter militar, ha constituido un importante estímulo a lo largo de la historia para la transformación de la economía y la sociedad hasta el punto de generar el capitalismo. Así, la militarización de la sociedad y de la economía han ido de la mano hasta el extremo de supeditar las necesidades sociales a los intereses y exigencias de los ejércitos, y consecuentemente a los intereses del Estado en el ámbito internacional.[18] Unos intereses que, no lo olvidemos, se definen en términos de poder (militar, político, ideológico, tecnológico, económico, demográfico, cultural, etc.), lo que hace que la principal finalidad del Estado sea maximizar su poder.[19]
En conclusión, ninguna lucha dirigida a conquistar la libertad puede limitarse a ser una lucha contra el capitalismo, en la medida en que este tan sólo es la consecuencia de un problema más profundo que es la existencia de un sistema de dominación organizado en torno al ejército, que es la columna vertebral del Estado.[20] Por esta razón la lucha contra el capitalismo necesita ser, también, la lucha contra el militarismo y el Estado debido a que son el origen último y los principales sostenedores de un sistema socioeconómico que esclaviza y destruye al ser humano.
Esteban Vidal
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Notas
[1] Tilly, Charles, Coerción, capital y los Estados europeos 990-1990, Madrid, Alianza, 1992, p. 75. Ídem, “Reflections on the History of European State-Making” en Tilly, Charles (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Princeton, Princeton University Press, 1975, p. 15. Hale, John R., War and Society in Renaissance Europe 1450-1620, Guernsey, Sutton, 1998, p. 14
[2] Basta señalar que la educación que recibían los futuros monarcas desde su misma infancia era belicista y militarista, lo que respondía a la necesidad estructural que imponía el modo en el que el espacio geográfico estaba organizado, de manera que se procedía a crear en el futuro soberano una disposición a la guerra y a la conquista. Pues al fin y al cabo quien no conquistaba era conquistado. Cornette, Joël, Le roi de guerre: Essai sur la souveraineté dans la France du Grand Siècle, París, Payot et Rivages, 1993, pp. 152-176. Corvisier, André, Anne Bachelard et alii (eds.), Histoire militaire de la France, París, Presses Universitaires de France, 1997, Vol. 1, pp. 383-387. Mormiche, Pascale, Devenir prince: L’école du pouvoir en France XVIIe-XVIIIe siècles, París, CNRS Editions, 2009, pp. 301-305. Tampoco es casualidad que Maquiavelo afirmase, ya en el s. XVI, que la principal actividad y preocupación del príncipe debía ser la guerra, punto de vista que se generalizó entre todos los consejeros de los soberanos. “Así pues, un príncipe no debe tener otro objetivo ni otra preocupación, ni debe considerar como suya otra misión que la de la guerra, su organización y su disciplina. Porque esa es la única misión que compete a quien gobierna |...|”. Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Madrid, Espasa, 2003, p. 105
[3] Carlos V de Alemania logró reunir un ejército de 150.000 efectivos a mediados del s. XVI. La tendencia fue la expansión de los ejércitos, de forma que los diferentes Estados contaron con unos crecientes efectivos militares. Francia, por ejemplo, contaba a principios del s. XVII con 150.000, aproximadamente la mitad de los que tenía en aquel entonces la corona de Castilla. A finales de ese mismo siglo las Provincias Unidas tenían un ejército de 110.000 efectivos. Suecia, a mediados del XVII tenía 70.000 efectivos, e Inglaterra en esa misma época contaba con un ejército con más de 70.000 soldados. A principios del s. XVIII la Francia de Luis XIV tenía un ejército de 400.000 soldados, Inglaterra uno de 87.000 y Rusia uno de 170.000. Dadas estas cifras, ¿cabe dudar de que semejantes ejércitos no impusiesen a la economía una fortísima e intensa demanda que favoreciese la creación y desarrollo del mercado?. Childs, John, Warfare in the Seventeenth Century, Washington, Smithsonian Books, 2004. Roberts, Michael, “The Military Revolution, 1560-1660” en Rogers, Clifford J. (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Boulder, Westview Press, 1995, pp. 13-36. Parker, Geoffrey, “The “Military Revolution”-A Myth?” en Rogers, Clifford J. (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Boulder, Westview Press, 1995, pp. 37-54. No puede negarse el hecho de que existían las confiscaciones para abastecer a los ejércitos, pero generalmente estas se producían en territorio enemigo, y cuando no era así resultaban ser la excepción. Esto último era debido a razones obvias, por un lado porque generaban rechazo entre la población y descontento, circunstancia que podía desencadenar rebeliones internas y socavar el esfuerzo de guerra en la acción exterior del Estado. Pero por otro lado porque los Estados desarrollaron sus propios mecanismos políticos e institucionales mediante los que establecer impuestos con los que sufragar la guerra. De este modo en Europa occidental aparecieron diferentes procedimientos y espacios negociadores para facilitar la recaudación de tributos, y contar así con el consentimiento de los contribuyentes, o por lo menos de las elites sociales encargadas de hacer las correspondientes aportaciones a la hacienda real. En Inglaterra estaba el parlamento, en Francia los estados generales además de los parlamentos regionales, en Alemania la dieta, en Castilla las cortes, etc.
[4] Sombart, Werner, Guerra y capitalismo, Madrid, Colección Europa, 1943
[5] No hay que perder de vista dos aspectos relativos a la innovación tecnológica y su relación con lo militar. En primer lugar, el ejército históricamente ha demostrado ser una institución extremadamente dinámica, lo que se ha reflejado en las nuevas tecnologías militares que ha desarrollado para incrementar su capacidad destructiva y eficacia en el combate. Por esta razón lo militar siempre ha estado unido al desarrollo de la tecnología punta. En segundo lugar, es importante destacar que la innovación tecnológica del ejército también ha encontrado su aplicación en el terreno civil, de forma que muchas de las creaciones que corrieron a cargo de los ejércitos encontraron su salida en la vida civil. Camiones, radio, trenes, telefonía, Internet, etc., son un claro ejemplo, a lo que habría que sumar avances en el terreno médico como las vacunas, material sanitario, etc. Un ejemplo reciente es el caso de la telefonía móvil de última generación, como son los teléfonos móviles inteligentes, que tienen su origen en la industria aeroespacial y en las inversiones del Pentágono. Asimismo, unido a la necesidad de aumentar la producción se desarrollaron máquinas y procesos automatizados dirigidos a abastecer masivamente a los grandes ejércitos modernos. Mazzucato, Marina, El Estado emprendedor, Barcelona, RBA, 2014. Headrick, Daniel R., Los instrumentos del imperio. Tecnología e imperialismo europeo en el siglo XIX, Madrid, Alianza, 1989. Ídem, El poder y el imperio. La tecnología y el imperialismo de 1400 a la actualidad, Barcelona, Crítica, 2001. McNeill, William H., La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 d. C., Madrid, Siglo XXI, 1988. Una investigación que muestra con bastante claridad que históricamente el desarrollo científico-tecnológico ha servido para satisfacer las ansias de poder y de dominación de las élites es la de Jacques Blamont, físico que estuvo involucrado en la creación del complejo militar-industrial francés tras la Segunda Guerra Mundial y en la industria aeroespacial. Blamont, Jacques, Le chiffre et le songe, histoire politique de la découverte, París, Odile Jacob, 1993. Por otro lado, tampoco hay que olvidar el papel que históricamente la intelectualidad, especialmente científicos y otros especialistas, ha desempeñado en el desarrollo de la tecnología militar, lo que en el contexto europeo se vio reforzado por la existencia de universidades desde la Baja Edad Media que en la práctica operaron como materia gris para la aplicación del conocimiento al ámbito militar. Estos son los casos de personajes ilustres como Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel. Sobre este aspecto de la innovación tecnológica militar puede encontrarse información en Andrade, Antonio, La edad de la pólvora. Las armas de fuego en la historia del mundo, Barcelona, Crítica, 2017. Otro autor que pone de relieve la importancia decisiva de los ejércitos y la guerra, y en general las rivalidades geopolíticas entre Estados, en el progreso científico y tecnológico es David Cosandey. La diferencia con respecto a otros autores es la relación que establece entre medio geográfico, sistema de Estados, guerra y desarrollo tecnocientífico. Cosandey, David, Le secret de l’Occident: Du miracle passé au marasme présent, París, Arléa, 1997. Aunque algunos de los desarrollos tecnológicas producto de la guerra y del militarismo pueden tener ciertos aspectos positivos, la cuestión de fondo es que fueron generados para satisfacer las necesidades de los ejércitos y del sistema de dominación al que dieron lugar, por lo que los aspectos positivos que eventualmente puedan tener para la población son del todo colaterales y de ninguna manera su principal finalidad. Al fin y al cabo es sabido que las fábricas de tractores y coches pueden ser fácilmente reconvertidas en fábricas de tanques, las industrias de fertilizantes en caso de guerra son rápidamente transformadas en fábricas de explosivos, la industria farmacéutica es muy funcional para la fabricación de armas químicas y bacteriológicas, y así sucesivamente. Algunas reflexiones de interés sobre la relación entre la tecnología y lo militar pueden encontrarse en Rodrigo Mora, Félix, Seis estudios. Sobre política, historia, tecnología, universidad, ética y pedagogía, Editorial Brulot, 2010. Acerca de los efectos que el mundo técnico actual tiene sobre el individuo es recomendable la lectura de Ellul, Jacques, La edad de la técnica, Barcelona, Octaedro, 2003
[6] Hoffman, Philip T., “Prices, the Military Revolution, and Western Europe’s Comparative Advantage in Violence” en Asia in The Great Divergence Vol. 64, Nº S1, 2011, pp. 39-59. Ídem, “Why is It that Europeans Ended Up Conquering the Rest of the Globe? Prices, the Military Revolution, and Western Europe's Comparative Advantage in Violence” 23 de octubre de 2006, p. 10. http://www.riseofthewest.net/dc/dc289hoffman23oct06.pdf
[7] El primer banco central fue el de Suecia, fundado en 1668. Sin embargo, este modelo de banco central fracasó al basar el respaldo de su crédito en los bienes de la corona. El primer banco central de éxito fue el de Inglaterra fundado en 1694, y siguió el modelo de deuda pública que previamente se había desarrollado en los Países Bajos. Hasta entonces había prevalecido una política mercantilista de atesoramiento de metales preciosos, como oro y plata, en tiempos de paz para disponer de una reserva lo suficientemente grande con la que en caso de guerra poder respaldar el gasto de las campañas militares. Pero esta práctica no se adaptaba a una economía cada vez más comercial para hacer frente a los esfuerzos de guerra. Recordar que el Banco de Inglaterra fue fundado durante la guerra que este país mantenía con la Francia de Luis XIV, de modo que fue decisivo para vencer en dicha contienda. Dickson, Peter G. M., The Financial Revolution in England: A Study in the Development of Public Credit 1688-1756, Londres, S. Martin’s Press, 1967
[8] La cita textual de Tilly es la siguiente: “War made the state, and the state made war”. Tilly, Charles, “Reflections on the...”, Op. Cit., N. 1, p. 42. Otro autor que puso de manifiesto sin ambages de ningún tipo que el origen del Estado es la guerra, y que en su comienzo fue una organización militar, es Otto Hintze. Recomendamos la lectura de Hintze, Otto, “Organización Militar y Organización del Estado” en Revista Académica de Relaciones Internacionales Nº 5, 2007 (https://revistas.uam.es/index.php/relacionesinternacionales/article/view/4868/5337). De hecho, los Estados, hasta bien entrado el s. XX, fueron fundamentalmente organizaciones militares si nos atenemos al gasto presupuestario, de forma que muy tardíamente desarrollaron su dimensión civil en el terreno de los servicios. Los datos que muestran esta realidad son claros y abundantes, del mismo modo que la bibliografía que analiza esta dimensión del Estado es abrumadora. Aquí apuntamos una interesante síntesis recogida en Mann, Michael, Las fuentes del poder social, Madrid, Alianza, 1991, Vol. 1, pp. 590-617. En esta misma línea de investigación, en la que la guerra es la que origina el Estado, encontramos una abundante bibliografía, por lo que aquí sólo destacaremos algunas obras para quien quiera profundizar en esta cuestión. Rasler, Karen A. y William R. Thompson, War and State Making: The Shaping of the Global Powers, Londres, Unwin Hyman, 1989. Ídem, “War Making and the State Making: Governmental Expenditures, Tax Revenues, and Global Wars” en American Political Science Review Vol. 79, Nº 2, 1985, pp. 491-507. Porter, Bruce, War and the Rise of the State: The Military Foundations of Modern Politics, Nueva York, The Free Press, 1994. Hintze, Otto, Historia de las formas políticas, Madrid, Revista de Occidente, 1968. Rodrigo Mora, Félix, La democracia y el triunfo del Estado, Morata de Tajuña, Editorial Manuscritos, 2011
[9] Kennedy, Paul, Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, Debolsillo, 2013. Otro autor que se muestra coincidente con Kennedy en algunos puntos de su explicación es Philip Hoffman, quien afirmó que las probabilidades de ganar una guerra dependen del gasto militar, con lo que a más gasto mayores probabilidades de victoria. Así, la victoria en la guerra depende de los recursos que cada oponente puede reunir, sin olvidar tampoco los correspondientes costes políticos que entraña. Hoffman, Philip T., ¿Por qué Europa conquistó el mundo?, Barcelona, Crítica, 2016, p. 35. Este autor se basó, a su vez, en lo recogido en una investigación acerca del gasto militar y los conflictos en Garfinkel, Michelle R. y Stergios Skaperdas, “Economics of Conflict: An Overview” en Sandler, Tod y Keith Hartley (eds.), Handbook of Defense Economics, Ámsterdam, Elsevier, 2007, Vol. 2, pp. 649-709
[10] Otro autor que desentraña la íntima relación entre capitalismo y militarismo es Michael Mann, quien hizo un interesante análisis a partir del enfoque basado en las rivalidades geopolíticas-militares de los Estados, al mismo tiempo que señaló las incongruencias del marxismo acerca de esta cuestión, así como la inconsistencia de la teoría de los liberales acerca de la existencia de un capitalismo pacífico. Mann, Michael, “Capitalism and Militarism” en Mann, Michael, States, War and Capitalism, Oxford, Basil Blackwell, 1988, pp. 124-145
[11] Sobre el papel de la economía en el sistema de dominación estatal y su papel instrumental al servicio de los fines del Estado consultar: “Liberalismo y marxismo: dos caras de la misma moneda” https://www.portaloaca.com/articulos/anticapitalismo/13922-liberalismo-y-marxismo-dos-caras-de-la-misma-moneda.html
[12] Gilpin, Robert, War and Change in World Politics, Cambridge, Cambridge University Press, 1981. Waltz, Kenneth, “Globalization and American Power” en The National Interest verano, 2000, pp. 46-56. En la misma línea que estos autores se manifestó John Mearsheimer desde el denominado realismo ofensivo, al señalar la existencia de dos tipos de poder en un Estado: el poder latente y el poder militar. Así, el poder latente lo constituye la riqueza de un Estado y el tamaño de su población, es decir, los recursos socioeconómicos sobre los que es construido el poder militar. Mearsheimer, John J., The Tragedy of Great Power Politics, Nueva York, W. W. Norton, 2014, pp. 55-82. Otro autor que también desde una perspectiva realista afirma que la riqueza de un Estado es aquella sobre la que es construido el poder militar es Fareed Zakaria, quien analizó las razones por las que EEUU llegó a convertirse en una potencia mundial. Zakaria, Fareed, De la riqueza al poder. Los orígenes del liderazgo mundial de Estados Unidos, Barcelona, Gedisa, 2000
[13] https://militarybenefits.info/2019-defense-budget/ Conviene decir que la aprobación del presupuesto del Pentágono para 2019 fue llevada a cabo con una gran celeridad en el Congreso que no se recordaba desde hacía al menos 40 años, gracias a un acuerdo entre los dos partidos, demócrata y republicano, que escenificaron la unidad que existe en el directorio político en torno a la misión de esta institución, y reflejaron al mismo tiempo la preeminencia que el ejército tiene en la escena política estadounidense. Para hacerse una idea de la dimensión del gasto militar y del militarismo en EEUU, los presupuestos generales del Estado español son aproximadamente la mitad de los del Pentágono. Por último, añadir que estos presupuestos militares significaron un incremento de la dotación con respecto a la que habían contado en años anteriores.
[14] Sobre la capacidad del Pentágono de intervenir en la vida económica, política y social de EEUU cabe recomendar la lectura de una obra sociológica brillante e ilustrativa como Mills, Charles W., La elite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, pp. 166-213
[15] La militarización no sólo de la economía sino del conjunto de la sociedad constituye una tendencia histórica que está inscrita en el proceso de construcción del Estado moderno. Ya a principios del s. XX, con motivo de la Primera Guerra Mundial, comenzó a hablarse de la movilización total, idea que apareció en Alemania fruto de la experiencia que supuso la guerra industrial, y que hacía referencia al incremento máximo de la capacidad de movilización de recursos de los Estados por influjo de la combinación de la técnica y de la guerra. Ernst Jünger fue quien desarrolló este concepto ampliamente al identificar la figura del trabajador con la del soldado en el marco del Estado total. Jünger, Ernst, El trabajador. Dominio y figura, Barcelona, Tusquets, 2003. Ídem, Sobre el dolor seguido de La movilización total y Fuego y movimiento, Barcelona, Tusquets, 1995. Ver también otra obra más temprana en la que la idea de movilización total apareció con bastante claridad: Ídem, Tempestades de acero, Barcelona, Tusquets, 2005. Dicho todo esto nos encontramos con que la modernización del Estado ha sido impulsada por el militarismo, y ha desarrollado la militarización de la sociedad al organizarla por y para la guerra, tal y como hoy ocurre en EEUU, lo que ha hecho que la guerra se desarrolle en dos frentes diferentes pero íntimamente unidos: el frente de la producción económica y el frente del campo de batalla, donde el primero hace posible el segundo mientras el segundo impulsa el desarrollo del primero.
[16] Una investigación de carácter histórico y de obligada lectura que aborda el peso político del Pentágono en la política estadounidense es la de Carroll, James, La casa de la guerra. El Pentágono es quien manda, Barcelona, Crítica, 2007
[17] Desgraciadamente parece que existe mucha más honestidad intelectual entre algunos militaristas que entre los elucubradores de ideologías de toda laya. En lo que a esto respecta cabe destacar que Heinrich von Treitschke afirmó que mientras existan Estados continuarán produciéndose guerras. Textualmente dijo lo siguiente: “War, therefore, will endure to the end of history, as long as there is multiplicity of States”. Treitschke, Heinrich von, Politics, Nueva York, Macmillan, 1916, Vol. 1, p. 65
[18] Esto es consecuencia del poder que concentra el ejército y que hace que las decisiones cruciales sean tomadas por los altos mandos militares. Pues, como decíamos antes, EEUU es un país muy militarizado, no sólo por la acción del Pentágono sino también por la existencia de ejércitos de los Estados. Así, nos encontramos con la Guardia Nacional, por un lado, y por otro lado con las fuerzas armadas de los Estados que están exclusivamente bajo el control de los gobernadores. En cualquier caso su impacto económico es mucho más limitado que el del Pentágono, sobre todo al no estar activas en todos los Estados, y al ser en la práctica una especie de ejércitos de reserva. Al margen de esto, para comprender el peso político que el ejército y, en general, el complejo de seguridad nacional organizado en torno al Pentágono tiene, unido al papel desempeñado por las agencias de seguridad como los servicios de espionaje, el cuerpo diplomático, etc., es recomendable y necesaria la lectura de una investigación que deja bien claro que quienes toman las decisiones importantes en este país es la burocracia del entramado de seguridad nacional estadounidense, es decir, los altos mandos militares en coalición con los jefes de las agencias de espionaje, las agencias policiales, el departamento de Estado, etc., de forma que las instituciones formales establecidas en la constitución tan sólo son una pantalla que oculta esta realidad. Glennon, Michael J., National Security and Double Government, Nueva York, Oxford University Press, 2015. Lo que ocurre en EEUU no es nuevo, sobre todo si tenemos en cuenta que forma parte del proceso histórico de construcción del Estado moderno, en el que el militarismo constituye un elemento central y decisivo del mismo. Esto ya fue destacado por el periodista francés Joseph Fiévée a principios del s. XIX al hacer referencia al cambio en el lenguaje. Prueba de esto es que antes, en tiempos de paz, se llamaba a los ejércitos fuerzas militares, y sólo se hablaba de ejércitos en tiempos de guerra. Este cambio fue generalizado por la revolución francesa, y más concretamente por Napoleón, lo que era el reflejo de la militarización en curso de la sociedad al haber sido llevada a un estado de guerra permanente. “On disoit autrefois les forces militaires de la France, de la Russie, de l'Espagne, de l'Autriche, de la Prusse, pour désigner la troupe de ligne que chacune de ces nations tenoit sous les armes en temps de paix; et le mot armée ne s'employoit jamais qu'en temps de guerre, et pour la partie qui se battoit; encore chaque armée prenoitelle un nom distinct, soit du pays auquel s'appliquoient plus particulièrement ses opérations, soit du chef qui la commandoit. Ce n'est certainement que depuis Buonaparte qu'on a appelé collectivement, en temps de paix comme en temps de guerre, les forces militaires de la France, l'armée; et cet exemple paroît avoir été suivi par toute l'Europe. On plaide aujourd'hui pour l'armée, on parle à l'armée, on fait parler l'armée”. Fiévée, Joseph, Correspondance politique et administrative, París, Le Normant, 1816, Vol. 1, p. 99. Más información sobre esta cuestión puede encontrarse en Jouvenel, Bertrand de, Los orígenes del Estado moderno. Historia de las ideas políticas en el siglo XIX, Toledo, Editorial Magisterio, 1977, pp. 162-173
[19] Es mucho lo que se ha discutido sobre esta cuestión. Lo cierto es que independientemente de los fines que eventualmente un Estado pueda asumir en su política internacional tenderá a aumentar su poder a nivel inmediato para alcanzarlos. “Cualesquiera que sean los fines últimos de la política internacional, el poder es siempre el fin inmediato”. Morgenthau, Hans J., La lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1963, p. 43. Al fin y al cabo esto obedece a la naturaleza del Estado como institución cuya principal actividad es el poder y su maximización. Tal y como señaló el politólogo sueco Rudolf Kjellén, “el Estado no se ocupa de sus varias actividades (educación, obra social, etc.), con propósitos éticos o por el interés de sus ciudadanos, sino en su propio beneficio para fortalecerse interior y exteriormente, para tener poder”. Citado en Atencio, Jorge E., Qué es la geopolítica, Buenos Aires, Editorial Pleamar, 1986, pp. 110-111. Una investigación que aborda pormenorizadamente la naturaleza del Estado como institución de poder y para el poder es Jouvenel, Bertrand de, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento, Madrid, Unión Editorial, 2011. Por otra parte no hay que olvidar que la naturaleza del poder es la dominación, pero esta presenta múltiples facetas debido a que la complejidad de la condición humana exige que, para el completo sometimiento del individuo a un sistema de mando total, sean utilizados instrumentos heterogéneos de sumisión. Debido a esto nos encontramos con diferentes poderes como el político (que se divide en ejecutivo, legislativo y judicial), el militar, el ideológico, el tecnológico, el económico, etc. Algunas observaciones de interés sobre esta cuestión pueden encontrarse en Bobbio, Norberto, Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política, México, Fondo de Cultura Económica, 1996, pp. 104-116. Rodrigo Mora, Félix, Seis estudios. Sobre..., Op. Cit., N. 5, pp. 249-250
[20] Esto ya fue dicho por el revolucionario ruso Mijail Bakunin, quien afirmó lo siguiente: “El Estado moderno es necesariamente, por su esencia y su objetivo, un Estado militar; por su parte, el Estado militar se convierte también, necesariamente, en un Estado conquistador; porque si no conquista él, será conquistado, por la simple razón de que donde reina la fuerza no puede pasarse sin que esa fuerza obre y se muestre”. Bakunin, Mijail A., Estatismo y anarquía, Barcelona, Folio, 2002, p. 52.

sábado, 16 de febrero de 2019

Cómo ser Anticapitalista Hoy. O Las Cuatro vías para tumbar al Capitalismo

Gran artículo de Erick Olin Wright sobre las posibilidades reales de superar al sistema capitalista teniendo en cuenta las distintas estrategias, que englobamos dentro del debate Marxismo y Anarquismo, en el cual se intenta encontrar puntos en común que permitan lograr por lo menos una cooperación.

Sinceramente cree que el capitalismo no es posible que el capitalismo sea destruido por las dimensionas y complejidad que ha tomado. De hecho, al contrario de lo que grandes ideólogos clásico creían incluyendo a Marx, Bakunin, Lenin o tantos otros, el capitalismo es incapaz incluso de implosionar a causa de sus crisis internas. Como estamos viendo en esta su fase senil, el gerontocapitalismo, a medida que vaya degradándose, corrompiéndose y descomponiendo pútridamente irá perdiendo poco a poco sus capas más superficiales (primero derechos, después instituciones y servicios públicos, coberturas) hasta que solo quede el núcleo duro, lo que mantiene el orden establecido, lo que permite la acumulación por despojo, lo que mantiene la propiedad privada, lo que siempre fue, la fuerza de un ejército.

Pero si alternativas existen, existen organizaciones no capitalistas, ideologías, sistemas, cultura, pueblos, el cambio no es imposible, tan solo muy difícil. La cuestión clave no es si se puede o no, sino cómo lo haremos y cómo nos comportaremos mientras no lo hayamos logrado. Para ello Erick expone las cuatro alternativas estratégicas con respecto a la práctica anticapitalista: destrucción, domesticación (reforma), escape o erosión (disrupción) del capitalismo.
Expone sus pros y contras, y logra una hábil síntesis. Cuestionable por supuesto pero que  por lo menos dará qué pensar alx lectorx tanto anarquista, comunista, o socialista.

Salud! PHkl/tctca
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Fuente -Cómo ser un anticapitalista hoy - Viento Sur 20.1.2016 por Erick Olin Wright del original How to Be an Anticapitalist Today - jacobin.com 12.2.2015

El anticapitalismo no es simplemente una postura moral contra la injusticia, sino que se trata de construir una alternativa.

Para muchas personas la idea de anticapitalismo parece ridícula. Después de todo, las empresas capitalistas nos han traído fantásticas innovaciones tecnológicas en los últimos años: los teléfonos inteligentes y el streaming de películas; coches sin conductor y redes sociales; pantallas Jumbotron para los partidos de fútbol y juegos de vídeo que conectan miles de jugadores de todo el mundo; cada producto de consumo concebible está disponible en Internet para una rápida entrega a domicilio; aumentos asombrosos de la productividad del trabajo gracias a las nuevas tecnologías de automatización, etc.

Y si bien es cierto que el ingreso se distribuye de manera desigual en las economías capitalistas, también es cierto que el conjunto de los bienes de consumo disponibles y asequibles para la persona media, e incluso para los pobres, se ha incrementado drásticamente en casi todas partes. Basta con comparar los Estados Unidos en el medio siglo entre 1965 y 2015: el porcentaje de estadounidenses con aire acondicionado, coche, lavadora, lavavajillas, televisor y agua corriente ha aumentado enormemente. La esperanza de vida es más larga; la mortalidad infantil, más baja.

En el siglo XXI, esta mejora de los niveles de vida básicos también se ha producido en las regiones más pobres del mundo: las condiciones materiales de millones de personas que viven en China desde que abrazó el libre mercado han mejorado de forma muy significativa. Es más, miremos lo que pasó cuando Rusia y China intentaron una alternativa al capitalismo. Aparte de la opresión política y la brutalidad de esos regímenes, fueron fracasos económicos. Así pues, si usted se preocupa por mejorar la vida de las personas, ¿cómo se puede ser anticapitalista? Ese es un relato, el relato estándar.

He aquí otro relato: el sello distintivo del capitalismo es la pobreza en medio de la abundancia. Esta no es la única cosa que va mal con el capitalismo, pero es su defecto más grave. La pobreza generalizada –especialmente entre los niños, que claramente no tienen ninguna responsabilidad de su situación– es moralmente reprobable en las sociedades ricas donde podría ser eliminada fácilmente. Sí, hay crecimiento económico, innovación tecnológica, aumento de la productividad y una difusión hacia las clases bajas de los bienes de consumo, pero junto con el crecimiento económico capitalista viene la miseria para muchos, cuyos medios de sustento han sido destruidos por el avance del capitalismo, la precariedad de los que están en la parte inferior del mercado de trabajo, y el trabajo alienante y tedioso para la mayoría.

El capitalismo ha generado enormes aumentos en la productividad y una riqueza extravagante para algunos, pero muchas personas todavía luchan para llegar a fin de mes. El capitalismo es una máquina de ampliación de la desigualdad, además de una máquina de crecimiento. Por no hablar de que cada vez es más claro que el capitalismo, impulsado por la búsqueda incesante de ganancias, está destruyendo el medio ambiente. Ambas cosas están ancladas en las realidades del capitalismo. No es una ilusión que el capitalismo ha transformado las condiciones de vida materiales en el mundo y ha aumentado enormemente la productividad humana; muchas personas se han beneficiado de esto. Pero igualmente, no es una ilusión que el capitalismo genera grandes daños y perpetúa formas innecesarias de sufrimiento humano.

La cuestión fundamental no es si en promedio han mejorado las condiciones materiales en el largo plazo en las economías capitalistas, sino más bien si, mirando hacia adelante desde este punto de la historia, las cosas serían mejores para la mayoría de la gente en un tipo alternativo de economía. Es cierto que las economías centralizadas, autoritarias, estatales de Rusia y China del siglo XX fueron en muchos aspectos fracasos económicos, pero esas no son las únicas posibilidades. Donde radica el verdadero desacuerdo –un desacuerdo fundamental– es en la cuestión de si es posible tener la productividad, la innovación y el dinamismo que vemos en el capitalismo sin tener que sufrir los daños que causa. Margaret Thatcher anunció a principios de la década de 1980 su famosa consigna “no hay alternativa”, pero dos décadas después, el Foro Social Mundial declaró “otro mundo es posible”.

Sostengo que otro mundo –uno que mejoraría las condiciones del bienestar humano para la mayoría de la gente– es sin duda posible. De hecho, elementos de este nuevo mundo ya se están creando hoy en día, y existen formas concretas para pasar de aquí a allí. El anticapitalismo es posible, no simplemente como una postura moral ante los daños y las injusticias del capitalismo global, sino como una actitud práctica hacia la construcción de una alternativa de mayor bienestar humano.

Los cuatro tipos de anticapitalismo

El capitalismo engendra anticapitalistas. A veces, la resistencia al capitalismo cristaliza en ideologías coherentes que ofrecen tanto diagnósticos sistemáticos de la fuente de los daños como prescripciones claras sobre cómo eliminarlas. En otras circunstancias, el anticapitalismo se impregna de motivaciones que a simple vista poco tienen que ver con el capitalismo, como las creencias religiosas que llevan a las personas a rechazar la modernidad y buscar refugio en comunidades aisladas. Pero siempre, siempre que exista el capitalismo, habrá descontento y resistencia de una forma u otra.

Históricamente, el anticapitalismo ha estado animado por cuatro lógicas diferentes de resistencia: 
- destruir el capitalismo, 
- mitigar el capitalismo, 
- escapar del capitalismo y 
- erosionar el capitalismo. 
Estas lógicas a menudo coexisten y se entremezclan, pero cada una de ellas constituye una forma distinta de dar respuesta a los daños causados por el capitalismo. 

Estas cuatro formas de anticapitalismo se pueden considerar como variables a lo largo de dos dimensiones. Una se refiere al objetivo de las estrategias anticapitalistas –trascender las estructuras del capitalismo o simplemente neutralizar las peores lacras del capitalismo–, mientras que la otra dimensión se refiere al objetivo principal de las estrategias: si el destino es el Estado y otras instituciones en el nivel macro del sistema o las actividades económicas de las personas, organizaciones y comunidades a nivel micro. Tomando estas dos dimensiones en conjunto obtenemos la tipología que se expone a continuación.

1. Destruir el capitalismo

Dada la forma en que el capitalismo devasta las vidas de tanta gente y dado el poder de sus clases dominantes para proteger sus intereses y defender el status quo, es fácil entender el atractivo de la idea de aplastar el capitalismo.

El argumento viene a decir lo siguiente: el sistema está podrido. Todos los esfuerzos por hacer la vida tolerable dentro de él fallarán en el futuro. De vez en cuando puede que sean posibles pequeñas reformas que mejoren la vida de las personas, cuando las fuerzas populares son fuertes, pero estas mejoras serán siempre frágiles, vulnerables a los ataques y reversibles.

La idea de que el capitalismo se puede convertir en un orden social benigno, en el que la gente común puede vivir una vida floreciente, con sentido, en última instancia es una ilusión, ya que, en su esencia, el capitalismo es irreformable. La única esperanza es destruirlo, barrer los escombros y luego construir una alternativa. Como proclaman las palabras finales de la canción obrera Solidaridad para siempre: “Podemos crear un mundo nuevo a partir de las cenizas del viejo”.

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo es posible para las fuerzas anticapitalistas acumular poder suficiente para destruir el capitalismo y reemplazarlo por una alternativa mejor? Esta es sin duda una tarea de enormes proporciones, porque el poder de las clases dominantes, que hace de la reforma una ilusión, también bloquea el objetivo revolucionario de una ruptura en el sistema. La teoría anticapitalista revolucionaria, inspirada por los escritos de Marx y ampliada por Lenin, Gramsci y otros, ofrece un argumento atractivo acerca de cómo podría tener lugar esto. Si bien es cierto que la mayor parte del tiempo el capitalismo parece inexpugnable, también es un sistema profundamente contradictorio, propenso a las disrupciones y crisis. A veces, esas crisis alcanzan una intensidad que hace que el sistema en su conjunto se vuelva frágil y vulnerable a los desafíos.

Las versiones más fuertes de la teoría, consideran incluso que tendencias subyacentes en las “leyes de movimiento” del capitalismo que hacen que la intensidad de este tipo de crisis que debilitan el sistema aumenten con el tiempo, por lo que a largo plazo el capitalismo se vuelve insostenible; destruye sus propias condiciones de existencia. Pero incluso si no hay una tendencia sistemática de las crisis a volverse cada vez peores, lo que se puede predecir es que periódicamente habrá intensas crisis económicas capitalistas en las cuales el sistema se vuelve vulnerable y las rupturas se hacen posibles.

Esto proporciona el contexto en el que un partido revolucionario puede conducir una movilización de masas a tomar el poder del Estado, ya sea a través de elecciones o a través de un derrocamiento violento del régimen existente. Una vez con el control del Estado, la primera tarea consiste en remodelar el Estado en sí para que sea un arma adecuada de transformación socialista, y luego usar ese poder para reprimir a la oposición de las clases dominantes y sus aliados, desmantelar las estructuras fundamentales del capitalismo y construir las instituciones necesarias para un sistema económico alternativo.

En el siglo XX, varias versiones de esta línea general de razonamiento animaron la imaginación de los revolucionarios de todo el mundo. El marxismo revolucionario infundió esperanza y optimismo a las luchas, ya que no solo significaba una condena poderosa al mundo tal como existía, sino que también proporcionaba un escenario plausible de cómo podría realizarse una alternativa emancipadora. Esto dio a la gente coraje, manteniendo la creencia de que estaban del lado de la historia y que el enorme compromiso y los sacrificios que tuvo que hacer en sus luchas contra el capitalismo ofrecía perspectivas reales de éxito. Y a veces, en raras ocasiones, estas luchas culminaron en la toma revolucionaria del poder del Estado.

Los resultados de esas revoluciones, sin embargo, nunca dieron lugar a la creación de una alternativa igualitaria, emancipadora y democrática al capitalismo. Mientras que las revoluciones realizadas en nombre del socialismo y del comunismo demostraron que era posible “construir un mundo nuevo sobre las cenizas del viejo”, y que en ciertas formas específicas mejoraban las condiciones de vida materiales de la mayoría de las personas por un período de tiempo, lo que evidencian los intentos heroicos de ruptura en el siglo XX es que no producen el tipo de nuevo mundo imaginado en la ideología revolucionaria. Una cosa es acabar con las viejas instituciones; y otra muy distinta construir nuevas instituciones de emancipación a partir de las cenizas.

El motivo de que las revoluciones del siglo XX nunca dieron lugar a una emancipación humana robusta y sostenible es, por supuesto, una cuestión muy debatida. Algunas personas argumentan que el fracaso de los movimientos revolucionarios se debió a unas circunstancias desfavorables, históricamente específicas, de los intentos de ruptura de todo el sistema: revoluciones ocurridas en sociedades económicamente atrasadas, rodeadas de enemigos poderosos. Algunos sostienen que los líderes revolucionarios cometieron errores estratégicos, mientras que otros dan la culpa a las motivaciones de los dirigentes: los líderes que triunfaron en el curso de las revoluciones estuvieron motivados por deseos de estatus social y poder en lugar del empoderamiento y el bienestar de las masas.

Otros sostienen que el fracaso es intrínseco a cualquier intento de ruptura radical en un sistema social, porque hay demasiadas partes móviles, demasiada complejidad, y demasiadas consecuencias no deseadas. A resultas de ello, los intentos de ruptura del sistema tenderán inevitablemente a originar tal caos, que las élites revolucionarias, independientemente de sus motivos, se verán obligadas a recurrir a la violencia generalizada y la represión para mantener el orden social. Este tipo de violencia, a su vez, destruye la posibilidad de un proceso genuinamente democrático y participativo de construcción de una nueva sociedad.

Independientemente de qué explicación es la correcta (si es que alguna lo es), la evidencia de las tragedias revolucionarias del siglo XX muestra que destruir el capitalismo no funciona como una estrategia para la emancipación social por sí sola. Sin embargo, la idea de una ruptura revolucionaria con el capitalismo no ha desaparecido por completo. Incluso si ya no constituye una estrategia coherente de ninguna fuerza política significativa, se nutre de la frustración y la rabia de vivir en un mundo de tales desigualdades agudas y potencialidades no realizadas del bienestar humano y en un sistema político que parece cada vez más antidemocrático y e irresponsable. Para transformar realmente el capitalismo, las visiones que se basan en la ira no son suficientes; en cambio, se necesita una lógica estratégica que tenga alguna posibilidad real de alcanzar sus objetivos.

2. Domar el capitalismo

En el siglo XX, la principal alternativa a la idea de destruir el capitalismo fue la domesticación del mismo. Esta es la idea central que inspira a las corrientes anticapitalistas dentro de la izquierda de los partidos socialdemócratas.

Este es su argumento básico; el capitalismo, cuando se le da rienda suelta, causa grandes daños. Genera niveles de desigualdad que son destructivas para la cohesión social; destruye puestos de trabajo tradicionales y abandona a la gente a su suerte; crea incertidumbre y riesgo para las personas y comunidades enteras; daña el medio ambiente. Estas son todas las consecuencias de las dinámicas inherentes a una economía capitalista.

Sin embargo, es posible construir instituciones paliativas capaces de neutralizar significativamente estos daños. No hay que dar rienda suelta al capitalismo; puede ser domesticado mediante políticas estatales bien elaboradas. Sin duda, esto puede implicar fuertes luchas, ya que implica la reducción de la autonomía y el poder de la clase capitalista, y no hay garantías de éxito en este tipo de luchas. La clase capitalista y sus aliados políticos afirman que los reglamentos y la redistribución concebidos para neutralizar estas presuntas lacras del capitalismo va a destruir su dinamismo, paralizar la competitividad y socavar los incentivos. Estos argumentos, sin embargo, son simplemente racionalizaciones egoístas del privilegio y del poder.

El capitalismo puede ser objeto de regulación y redistribución significativa para contrarrestar sus efectos nocivos y aun así proporcionar beneficios adecuados para que funcione. Lograr esto requiere movilización popular y voluntad política; nunca se puede confiar en la benevolencia ilustrada de las élites. Pero en las circunstancias adecuadas, es posible ganar estas batallas e imponer las restricciones necesarias para una forma más benigna del capitalismo. La idea de domesticar el capitalismo no elimina la tendencia subyacente del capitalismo a generar daños; simplemente contrarresta sus efectos. Esto es como una medicina que se ocupa de manera efectiva de los síntomas en lugar de las causas subyacentes de un problema de salud. A veces eso es suficiente. Los padres de los bebés recién nacidos se ven a menudo privados del sueño y suelen tener dolor de cabeza. Una solución es tomar una aspirina y afrontar la situación; otra es deshacerse del bebé. A veces, neutralizar el síntoma es mejor que tratar de deshacerse de la causa subyacente.

En la que a veces se llama la “edad de oro del capitalismo” –más o menos las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial–, las políticas socialdemócratas, sobre todo en aquellos lugares en los que se implementaron más a fondo, hicieron un buen trabajo moviéndose en dirección a un sistema económico más humano. Fueron tres grupos de políticas de Estado, en particular, las que contrarrestaron de manera significativa los daños del capitalismo: los riesgos graves –especialmente en torno a la salud, el empleo y los ingresos– se redujeron a través de un sistema bastante completo de la seguridad social obligatoria y financiada con fondos públicos. El Estado proporcionaba un conjunto amplio de bienes públicos (financiados por un sistema fiscal robusto) que incluía la educación básica y superior, la formación de habilidades profesionales, el transporte público, actividades culturales, instalaciones de esparcimiento, la investigación y el desarrollo y la estabilidad macroeconómica. Y, por último, el Estado creó un régimen de regulación para frenar las más graves externalidades negativas del comportamiento de los inversores y las empresas en los mercados capitalistas: la contaminación, los peligros de los productos y los riesgos laborales, el comportamiento depredador del mercado, etc.

Estas políticas no significaban que la economía dejó de ser capitalista: los capitalistas eran básicamente libres de asignar capital sobre la base de las oportunidades lucrativas del mercado, y aparte de los impuestos, se apropiaron de los beneficios generados por esas inversiones para utilizarlos como desearan. Lo que había cambiado era que el Estado asumió la responsabilidad de la corrección de las tres fallas principales de los mercados capitalistas: la vulnerabilidad individual a los riesgos, la baja provisión de bienes públicos y las externalidades negativas de la actividad económica privada que maximiza el beneficio. El resultado fue una forma de funcionamiento razonablemente buena del capitalismo con las desigualdades mitigadas y conflictos apagados. Los capitalistas pueden no haber preferido esto, pero funcionó bastante bien. El capitalismo había sido, al menos en parte, domado.

Esa fue la edad de oro, un vago recuerdo en las duras primeras décadas del siglo XXI. En todas partes, hoy en día, incluso en los bastiones de la socialdemocracia de Europa del Norte, ha habido llamamientos para hacer retroceder los derechos asociados a la seguridad social, reducir los impuestos y los bienes públicos, desregular la producción y los mercados capitalistas y privatizar los servicios públicos. En su conjunto, estas transformaciones se engloban en el llamado “neoliberalismo”. Diversos factores han contribuido a la disminución de la voluntad y la aparente capacidad del Estado para neutralizar los daños del capitalismo.

La globalización ha hecho que sea mucho más fácil para las empresas capitalistas destinar las inversiones a lugares del mundo con menos regulación y mano de obra más barata, mientras que la amenaza de la fuga de capitales, junto con una variedad de cambios tecnológicos, ha fragmentado y debilitado el movimiento obrero, mermando su capacidad de resistencia y movilización política. Combinada con la globalización, la creciente financiarización del capital ha llevado a un aumento masivo de la desigualdad de riqueza y de los ingresos, lo que a su vez ha aumentado la influencia política de los opositores al Estado socialdemócrata. En lugar de estar domado, el capitalismo se ha desatado.

Tal vez las tres décadas de la “edad de oro” fueran tan solo una anomalía histórica, un breve periodo en el que las condiciones estructurales favorables y un poder popular robusto abrieron la posibilidad de instaurar un modelo relativamente igualitario. Antes de ese periodo, el capitalismo era un sistema voraz, y bajo el neoliberalismo se ha convertido una vez más en rapaz, volviendo al estado de cosas normal para los sistemas capitalistas. Tal vez a largo plazo el capitalismo no es domesticable. Los defensores de la idea de rupturas revolucionarias con el capitalismo siempre han afirmado que domar el capitalismo era una ilusión, una distracción de la tarea de construir un movimiento político para derrocar el capitalismo.

Pero tal vez las cosas no son tan graves. La afirmación de que la globalización impone fuertes restricciones a la capacidad de los Estados para recaudar impuestos, regular el capitalismo y redistribuir la renta es un reclamo político eficaz porque la gente se lo cree, no porque las restricciones son realmente tan limitadas. En política, los límites de lo posible siempre son fruto, en parte, de la creencia en los límites de lo posible. El neoliberalismo es una ideología, respaldada por poderosas fuerzas políticas, más que un teorema científicamente exacto de los límites reales a que nos enfrentamos a la hora de hacer del mundo un lugar mejor. Si bien puede suceder que las políticas específicas que constituían el menú de la socialdemocracia en la “edad de oro” se han vuelto menos eficaces y necesitan repensarse, domesticar el capitalismo sigue siendo una expresión viable del anticapitalismo.

3. Escapar del capitalismo

Una de las respuestas más antiguas a la expansión del capitalismo consiste en escapar de su dominio. Escapar del capitalismo puede no haber cristalizado en ideologías anticapitalistas sistemáticas, pero tiene una lógica coherente: el capitalismo es un sistema demasiado poderoso para destruirlo. Domesticar verdaderamente el capitalismo requeriría un nivel de acción colectiva sostenida que no es realista y, de todos modos, el sistema en su conjunto es demasiado grande y complejo para controlarlo eficazmente. Los poderes fácticos son demasiado fuertes para desalojarlos, y siempre organizarán la oposición y defenderán sus privilegios. No se puede luchar contra el ayuntamiento. Cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual.

Lo mejor que podemos hacer es tratar de aislarnos de los efectos dañinos del capitalismo y tal vez escapar por completo de sus estragos en algún entorno protegido. Puede que no seamos capaces de cambiar el mundo en general, pero podemos librarnos de su red de dominación y crear nuestra propia microalternativa en la que vivir y realizarnos. Este impulso de escapar se refleja en muchas respuestas conocidas a los daños del capitalismo. El movimiento de los agricultores hacia la frontera oeste en Estados Unidos en el siglo XIX fue, para muchos, una aspiración a una agricultura de subsistencia estable y autosuficiente en lugar de la producción para el mercado. Escapar el capitalismo está implícito en el lema hippie de la década de 1960, “turn on, tune in, drop out” [conecta, sintoniza, libérate]. Los esfuerzos realizados por ciertas comunidades religiosas, como los Amish, para crear fuertes barreras entre ellos y el resto de la sociedad, implicaban zafarse a sí mismos en la medida de lo posible de las presiones del mercado.

La caracterización de la familia como un "refugio en un mundo sin corazón" expresa el ideal de la familia como un espacio social no competitivo de la reciprocidad y el cuidado en el que uno puede encontrar refugio del mundo competitivo y descorazonado del capitalismo. Y, en formas limitadas en el tiempo, escapar del capitalismo aún se encarna en caminatas de larga distancia en la naturaleza salvaje. Escapar del capitalismo normalmente implica evitar el compromiso político y sin duda los esfuerzos organizados de forma colectiva por cambiar el mundo. Especialmente en el mundo de hoy, el escape es sobre todo una estrategia de estilo de vida individualista. Y a veces es una estrategia individualista dependiente de una riqueza capitalista, como en el estereotipo del exitoso banquero de Wall Street que decide “renunciar a la carrera de ratas” y trasladarse a Vermont para abrazar una vida de simplicidad voluntaria mientras vive de un fondo fiduciario amasado a base de inversiones capitalistas.

Debido a la ausencia de actividad política, es fácil descartar la estrategia de escapar del capitalismo, sobre todo cuando refleja privilegios alcanzados dentro del propio capitalismo. Es difícil ver en el senderista que camina a una región remota con su costoso equipo de senderismo para “alejarse de todo” como una expresión significativa de oposición al capitalismo.

Aun así, hay ejemplos de esta actitud que tienen relación con el problema más amplio del anticapitalismo. Comunidades intencionales pueden estar motivadas por el deseo de escapar de las presiones del capitalismo, pero a veces también pueden servir de modelos para formas más colectivas, igualitarias y democráticas de la vida. Sin duda, las cooperativas, que pueden estar motivadas principalmente por el deseo de escapar de los lugares de trabajo autoritarios y de la explotación de las empresas capitalistas, también pueden convertirse en elementos de un desafío más amplio al capitalismo. El movimiento “Do It Yourself” [hazlo tú mismo] y la “economía del compartir” pueden estar motivados por los el estancamiento de las rentas individuales durante un periodo de austeridad económica, pero también pueden apuntar a formas de organización de la actividad económica que son menos dependientes del intercambio en el mercado. Y más en general, el estilo de vida voluntariamente simple puede contribuir al rechazo más amplio del consumismo y la preocupación por el crecimiento económico en el capitalismo.

4. Erosionar el capitalismo

La cuarta forma de anticapitalismo es el menos conocida. Se basa en la siguiente idea: todos los sistemas socioeconómicos son mezclas complejas de muchos tipos diferentes de estructuras económicas, relaciones y actividades. Ninguna economía ha sido –ni nunca podría ser– puramente capitalista.

El capitalismo como una forma de organizar la actividad económica tiene tres componentes fundamentales: la propiedad privada del capital; la producción para el mercado con el fin de obtener beneficios; y el empleo de trabajadores que no poseen los medios de producción. Los sistemas económicos existentes combinan el capitalismo con toda una serie de otras formas de organizar la producción y distribución de bienes y servicios: directamente por los Estados; dentro de las relaciones íntimas de las familias para satisfacer las necesidades de sus miembros; a través de redes y organizaciones de base comunitaria; mediante cooperativas que pertenecen a sus miembros y son gestionadas democráticamente por ellos; a través de organizaciones no lucrativas orientadas al mercado; a través de redes peer-to-peer [de igual a igual] que participan en procesos de producción colaborativos; y muchas otras posibilidades. Algunas de estas formas de organización de las actividades económicas pueden considerarse híbridas, al combinar elementos capitalistas y elementos no capitalistas; algunas son totalmente no capitalistas y algunas son anticapitalistas. Calificamos un sistema económico complejo como este de “capitalista” cuando la dinámica capitalista es dominante en la determinación de las condiciones económicas de la vida y el acceso a los medios de sustento para la mayoría de la gente. Esa dominancia es inmensamente destructiva.

Una forma de desafiar al capitalismo es la construcción de relaciones económicas más democráticas, igualitarias y participativas en los espacios y grietas de este complejo sistema, siempre que sea posible, y luchar para ampliar y defender esos espacios. La idea de erosionar el capitalismo imagina que estas alternativas tienen el potencial, a largo plazo, de expandirse hasta el punto en que el capitalismo se ve desplazado de este papel dominante. Una analogía con un ecosistema natural podría ayudar a aclarar esta idea. Pensemos en un lago. Un lago consiste en una masa de agua dentro de un paisaje, con determinados tipos de suelo, manantiales y el clima. Una gran variedad de peces y otras criaturas viven en sus aguas, y varios tipos de plantas crecen en y alrededor de ella. En conjunto, todos estos elementos constituyen el ecosistema natural del lago. (Se trata de un "sistema" en el que todo afecta a todo lo demás en su interior, pero no es como el sistema de un solo organismo en el que todas las partes están conectadas funcionalmente en un todo coherente, estrechamente integradas.) En este ecosistema, es posible introducir una especie exótica de peces que no se encuentra "naturalmente" en el lago. Algunas especies exóticas son engullidas de inmediato. Otras pueden sobrevivir en un pequeño nicho en el lago, pero no cambian gran cosa en la vida diaria del ecosistema. Sin embargo, ocasionalmente una especie exótica puede prosperar y finalmente desplazar a las especies dominantes.

La visión estratégica de la erosión del capitalismo imagina la introducción de las variedades más vigorosas de especies emancipadoras de actividad económica no capitalista en el ecosistema del capitalismo, consolidando su desarrollo mediante la protección de sus nichos y encontrando la forma de ampliar sus hábitats. La esperanza es que con el tiempo estas especies exóticas puedan extenderse fuera de sus estrechos nichos y transformar el carácter del ecosistema en su conjunto. Esta forma de pensar sobre el proceso de trascender el capitalismo es similar a la historia popular, estilizada, que se cuenta sobre la transición de las sociedades feudales precapitalistas al capitalismo en Europa. Dentro de las economías feudales, en el último período medieval, surgieron relaciones y prácticas protocapitalistas, especialmente en las ciudades. Inicialmente esto implicaba una actividad comercial, la producción artesanal regulada por los gremios y la actividad bancaria. Estas formas de actividad económica llenaban nichos y eran a menudo muy útiles para las élites feudales. A medida que se ampliaba el alcance de estas actividades en el mercado, adquirieron gradualmente un carácter más capitalistas y, en algunos lugares, erosionaron progresivamente la dominación feudal establecida en la economía en su conjunto. A través de un proceso largo, sinuoso, de varios siglos, las estructuras feudales dejaron de dominar la vida económica de algunos rincones de Europa; el feudalismo había sido erosionado. Este proceso puede haberse visto salpicado por convulsiones políticas e incluso revoluciones, pero en lugar de constituir una ruptura de las estructuras económicas, estos acontecimientos políticos han servido más para ratificar y racionalizar los cambios que ya habían tenido lugar dentro de la estructura socioeconómica.

La visión estratégica de la erosión del capitalismo ve el proceso de desplazamiento del capitalismo de su papel dominante en la economía de una manera similar: actividades económicas no capitalistas alternativas surgen en los nichos en los que sea posible dentro de una economía dominada por el capitalismo; estas actividades crecen con el tiempo, tanto de forma espontánea y, sobre todo, a resultas de una estrategia deliberada; luchas que implican reemplazar al Estado, a veces para proteger estos espacios, otras veces para facilitar nuevas posibilidades; y, finalmente, estas relaciones y actividades no capitalistas se vuelven lo suficientemente prominente en la vida de los individuos y las comunidades que el capitalismo ya no puede decirse que domina el sistema en su conjunto. Esta visión estratégica está implícita en algunas corrientes del anarquismo contemporáneo. Si el socialismo revolucionario propone que hay que utilizar el poder del Estado para destruir el capitalismo, y la socialdemocracia sostiene que el Estado capitalista puede servir para domar el capitalismo, los anarquistas en general han argumentado que es preciso evitar el Estado –tal vez incluso darle la espalda– porque al final solo puede servir de aparato de dominación, no de liberación. La única esperanza para una alternativa emancipadora al capitalismo –una alternativa que encarne los ideales de igualdad, democracia y solidaridad– es construirla desde los cimientos y trabajar para ampliar su ámbito de influencia.

Como visión estratégica, la erosión del capitalismo es a la vez atractiva y descabellada. Es atractiva porque sugiere que aun cuando el Estado parece muy poco propicio para el avance de la justicia social y el cambio social emancipatorio, todavía que se puede hacer mucho. Podemos seguir con la idea de construir un mundo nuevo, pero no sobre las cenizas del viejo, sino dentro de los intersticios del viejo. Es inverosímil porque parece tremendamente improbable que la acumulación de espacios económicos emancipatorios, dentro de una economía dominada por el capitalismo, podría desplazar alguna vez realmente el capitalismo, dado el inmenso poder y la riqueza de las grandes empresas capitalistas y la dependencia de los medios de sustento de muchas personas con respecto al buen funcionamiento del mercado capitalista. Seguramente si las formas no capitalistas de emancipación de las actividades y las relaciones económicas crecieran alguna vez hasta el punto de amenazar el dominio del capitalismo, simplemente serían aplastadas.

Erosionar el capitalismo no es una fantasía. Pero solo es plausible si se combina con la idea socialdemócrata de domar el capitalismo. Necesitamos una manera de vincular la visión de abajo arriba, la visión estratégica centrada en la sociedad del anarquismo, con la visión de arriba abajo, la lógica estratégica estatalista de la socialdemocracia. Tenemos que domar el capitalismo de manera que lo haga más erosionable, y erosionar el capitalismo de manera que lo haga más domable. Un concepto que nos ayudará a vincular estas dos corrientes de pensamiento anticapitalista es el de las utopías reales.

5. Utopías reales

“Utopía real” es una expresión contradictoria en sí misma. La palabra “utopía” fue acuñada por primera vez por Tomás Moro en 1516 mediante la fusión de dos prefijos griegos –eu, que significa bueno, y ou, que significa no– en una única vocal, la u, y la colocándola delante de la palabra griega que designa el lugar, topos. Utopía es así el buen lugar que no existe en ningún lugar. Es una fantasía de la perfección. Entonces, ¿cómo puede ser “real”? Puede ser realista para buscar mejoras en el mundo, pero no la perfección. De hecho, la búsqueda de la perfección puede socavar la tarea práctica de hacer del mundo un lugar mejor. Como dice el refrán, “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Existe, pues, una tensión inherente entre lo real y lo utópico. Es precisamente esta tensión lo que intenta a capturar la idea de una “utopía real”. El punto es mantener nuestras aspiraciones más profundas de un mundo justo y humano que no existe, y a la vez participar en la tarea práctica de construir alternativas reales posibles en el mundo tal como es, que también prefigura el mundo como podría ser y que nos ayude a avanzar en esa dirección. Por tanto, las utopías reales transforman el “ningún lugar” de la utopía en el “aquí y ahora” de crear alternativas emancipatorias del mundo que podría ser en el mundo tal como es.

Utopías reales se pueden encontrar allí donde los ideales emancipatorios se encarnan en instituciones existentes y en las propuestas de nuevos diseños institucionales. Ambos son elementos constitutivos de un destino y una estrategia. He aquí algunos ejemplos.

Las cooperativas de trabajadores son una utopía real que surgió paralelamente al desarrollo del capitalismo. Tres ideales emancipatorios importantes son la igualdad, la democracia y la solidaridad. Todos ellos están obstruidos en las empresas capitalistas, donde el poder se concentra en manos de los propietarios y sus delegados, los recursos internos y las oportunidades se distribuyen de manera extremadamente desigual, y la competencia socava continuamente la solidaridad. En una cooperativa de trabajadores, todos los activos de la empresa son propiedad conjunta de los propios empleados, que también gestionan la firma según el principio de una persona, un voto, de manera democrática. En una pequeña cooperativa, esta gobernanza democrática puede ser organizada en forma de asambleas generales de todos los miembros; en las cooperativas más grandes, los trabajadores eligen delegados a los consejos de administración para supervisar la gestión.

Las cooperativas de trabajadores también pueden encarnar características más capitalistas: pueden, por ejemplo, contratar a trabajadores temporales o ser inhóspitas para los posibles miembros de determinados grupos étnicos o raciales. Las cooperativas, por lo tanto, encarnan a menudo valores bastante contradictorios. Sin embargo, tienen el potencial de contribuir a erosionar el predominio del capitalismo cuando expanden el espacio económico en el que pueden operar los ideales emancipatorios anticapitalistas. Las agrupaciones de cooperativas de trabajadores podrían constituir redes; con formas adecuadas de apoyo público, esas redes podrían ampliarse y profundizarse para constituir un sector de mercado cooperativo; ese sector podría –en ciertas circunstancias– ampliarse hasta poner en tela de juicio el predominio del capitalismo.

Las bibliotecas públicas son otro tipo de utopía real. Esto podría parecer a primera vista un ejemplo raro. Las bibliotecas son, después de todo, una institución duradera que se encuentra en todas las sociedades capitalistas. En Estados Unidos, el vasto sistema de bibliotecas públicas fue obra en gran medida de Andrew Carnegie, uno de los despiadados “barones ladrones” de la Edad Dorada. Sin duda no era anticapitalista y, en todo caso, vio su filantrópico apoyo a las bibliotecas como una manera de fortalecer el capitalismo como sistema. Sin embargo, las bibliotecas encarnan principios de acceso y distribución que son profundamente anticapitalistas. Existe una gran diferencia entre las formas en que una persona adquiere el acceso a un libro en una librería y una biblioteca.

En una librería, uno busca el libro que desea en un estante y comprueba el precio, y si se lo puede permitir y lo desea suficientemente, va a la caja, entrega la cantidad necesaria de dinero y se va con el libro. En una biblioteca, uno va al mostrador (o, más probablemente en estos días, a un terminal de ordenador) para ver si el libro está disponible, encuentra el libro, va al mostrador de registro, muestra su tarjeta de la biblioteca y se va con el libro. Si el libro ya está prestado, se inscribe en la lista de espera. En una librería, el principio de distribución es “a cada cual según su capacidad de pago”; en una biblioteca pública, el principio de distribución es “a cada uno según su necesidad”. Es más, en la biblioteca, si hay un desequilibrio entre la oferta y la demanda, aumenta la cantidad de tiempo que uno tiene que esperar hasta obtener el libro; los libros que escasean se racionan por tiempo, no por precio. Una lista de espera es un dispositivo profundamente igualitario: un día en la vida de todo el mundo se considera moralmente equivalente. Una biblioteca bien dotada de recursos tratará la longitud de la lista de espera como una señal de que se deben solicitar más ejemplares de un libro en particular.

Las bibliotecas también pueden convertirse en servicios públicos de usos múltiples, dejando de ser simples depósitos de libros. Las buenas bibliotecas proporcionan espacio público para las reuniones, a veces lugares para conciertos y otros espectáculos, y un lugar de encuentro agradable para la gente. Por supuesto, las bibliotecas también pueden ser zonas de exclusión, inhóspitas para cierto tipo de personas. Pueden ser elitistas en sus prioridades presupuestarias y en sus reglas. Las bibliotecas reales pueden reflejar por lo tanto valores bastante contradictorios. Pero en la medida en que encarnan los ideales emancipatorios de la igualdad, democracia y comunidad, las bibliotecas son una utopía real.

Un último ejemplo de una utopía real existente son las nuevas formas de producción colaborativa peer-to-peer que han surgido en la era digital. Tal vez el ejemplo más conocido es la Wikipedia. Una década después de su fundación, Wikipedia había destruido un mercado de trescientos años de edad, el de las enciclopedias; ahora es imposible producir una enciclopedia generalista comercialmente viable. Wikipedia se produce de una manera completamente no capitalista por un par de cientos de miles de editores no pagados de todo el mundo, que contribuyen al bien común global y lo ponen a la libre disposición de todos. Se financia a través de un tipo de economía de donaciones que ofrece los recursos de infraestructura necesarios. Wikipedia está llena de problemas – algunas entradas son maravillosas, otras terribles–, pero es un ejemplo extraordinario de cooperación y colaboración a muy gran escala que es altamente productiva y organizada sobre una base no capitalista. Hay muchos otros ejemplos en el mundo digital. Si imaginamos este modelo de colaboración que se extendiera al mundo de la producción de bienes, no sólo de información, entonces es posible imaginar una producción colaborativa P2P [peer to peer] invadiendo el dominio del capitalismo.

También se pueden encontrar utopías reales en las propuestas de políticas de cambio social y públicas, no solo en las instituciones realmente existentes. Este es el papel fundamental de las utopías reales en estrategias políticas a largo plazo para la justicia social y la emancipación humana. Un ejemplo es una renta básica incondicional (RBI). Una RBI proporciona simplemente a todas las personas, sin condiciones, un flujo de ingresos suficiente para cubrir las necesidades básicas. Permite un nivel de vida modesto, pero culturalmente respetable, sin lujos. De paso también resuelve el problema del hambre entre los pobres, pero lo hace de una manera que aporta un bloque de construcción de una alternativa emancipadora.

La RBI doma directamente uno de los males del capitalismo: la pobreza en medio de la abundancia. Pero también expande el potencial de erosión a largo plazo de la dominación del capitalismo mediante la canalización de recursos hacia formas no capitalistas de la actividad económica. Consideremos los efectos de una renta básica en las cooperativas de trabajadores. Una de las razones por las que las cooperativas de trabajadores son a menudo frágiles es que tienen que generar ingresos suficientes no solo para cubrir los costes de las materias de producción, sino también para proporcionar una renta básica para sus miembros.

Si se garantiza una renta básica con independencia del éxito en el mercado de la cooperativa, las cooperativas de trabajo serían mucho más robustas. Esto también significaría que supondrían menos riesgo para los préstamos de los bancos. Por lo tanto, con cierta ironía, una renta básica incondicional ayudaría a resolver un problema del mercado de crédito para las cooperativas. También potenciaría un aumento masivo de la participación en la producción colaborativa P2P y muchas otras actividades productivas que no generan ingresos propios del mercado para los participantes.

Doma y erosión
Así que, ¿cómo ser un anticapitalista en el siglo XXI?

Renunciar a la fantasía de aplastar el capitalismo. El capitalismo no es dinamitable, al menos si se quiere construir realmente un futuro de emancipación. Uno personalmente puede ser capaz de escapar del capitalismo saliéndose fuera de la red y reducir al mínimo su participación en la economía monetaria y el mercado, pero esto no es una opción atractiva para la mayoría de las personas, especialmente las que tienen hijos, y sin duda tiene poco potencial para fomentar un proceso de emancipación social más amplio.

Si se preocupa por la vida de los demás, de una manera u otra tiene que hacer frente a las estructuras e instituciones capitalistas. Domar y erosionar el capitalismo son las únicas opciones viables. Es necesario participar tanto en los movimientos políticos para domar al capitalismo a través de políticas públicas como en los proyectos socioeconómicos de erosionar el capitalismo a través de la expansión de formas emancipatorias de la actividad económica. Debemos renovar una democracia social progresista fuerte que no solo neutralice los daños del capitalismo, sino que también facilite iniciativas para construir utopías reales con el potencial de erosionar el predominio del capitalismo.
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