La tarcoteca

by Pablo Heraklio, PHkl/tctca. Contact at Tarcoteca@riseup.net
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sábado, 16 de enero de 2021

Lawfare contra la CNT: Penas de cárcel por hacer sindicalismo

Lo que debía ser otro ejercicio más de justica por la reivindicación de condiciones laborales y dignidad humana se convierte a golpe de contradenuncia, obstrucción y corrupción en una trama de acoso institucional mediado por los juzgados. Los dueños fascistas de un negocio de Gijón, se juntan con el resto de empresarios de la zona enfrentados a a CNT y mueven todos sus resortes en la abogacía, judicatura y policía y medios, no solo de la ciudad, sino del país, para convertir a las trabajadoras víctimas en verdugos y a los miserables explotadores en víctimas. Su embestida va más allá, y alcanza no solo a las propias trabajadoras sino al sindicato que defiende sus derechos, anulando la acción sindical y pretendiendo extender la ley mordaza no solo a las fuerzas del orden, si no a los propios empresarios.

La CNT se enfrenta así a un claro caso de lawfare en el que a pesar de tener la legalidad y la legitimidad de su parte puede que no salga indemne. Van a por lo que queda de sindicalismo.

Desde estas páginas todo el ánimo y fuerza a esas compañeras que resisten, se enfrentan a los poderes fácticos del capital y no se rinden; como nunca lo han hecho y no lo harán nunca. Mantenéis la llama.

Salud! PHkl/tctca

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Fuente- Penas de cárcel por hacer sindicalismo - Confederación Nacional del Trabajo 15.1.2021

  • El 18 de enero comienza en Gijón un doble juicio contra la CNT en la que se pide a afiliadas de la CNT penas de cárcel y cantidades económicas muy elevadas por realizar acción sindical
  • Desde la central anarcosindicalista se hace un llamamiento a hacer difusión del caso y a solidarizarse con las sindicalistas encausadas
Todo empezó con diferentes irregularidades laborales y un presunto acoso sexual en el trabajo, denuncia archivada en la actualidad. Una trabajadora acudió a comienzos de 2017 al sindicato para comentar lo que le estaba ocurriendo en Pastelerías La Suiza, en Gijón. «Vista la gravedad del tema, se actuó en consecuencia», detalla el sindicato que previamente a reunirse con la empresa solicitó información complementaria que apoyara la versión de la trabajadora, tras lo cual, se reunió con la empresa para tratar el tema, infructuosamente lo que llevó al inició de una campaña de movilización sindical y se realizaron varias concentraciones de denuncia, «nada que no sea habitual en la acción sindical», declaran las sindicalistas.

Sin embargo, «las agredidas se convirtieron de un día para otro en agresoras, al ser denunciadas por el empresario, en numerosas ocasiones», denuncia la CNT. «Piden casi 600.000 euros al sindicato y penas de cárcel para la trabajadora denunciante y miembros del sindicato, en total a 8 personas», detallan desde la central anarcosindicalista, «unas penas que están fuera de toda lógica».

Detrás de la pretensión que pide años de cárcel por hacer sindicalismo presuntamente podría estar la patronal de hostelería de Gijón, personas de clara orientación conservadora, que «han acusado a la CNT de extorsionar, de ser ETA, y han intentado ilegalizar el sindicato por delito de asociación ilícita». De hecho, han contratado, como abogado para ejercer la acusación particular contra el sindicato, al ex magistrado de la Audiencia Nacional, D. Javier Gómez Bermúdez, «juez estrella y ahora abogado de Jaime Botín», resalta la organización anarcosindicalista.

«Este caso es un paso más en la ilegalización del sindicalismo, ya sea directamente o metiendo a la cárcel a sindicalistas y condenándolos económicamente», denuncia la CNT. Por eso, apelan a la solidaridad de clase y al apoyo fraternal de todas las centrales sindicales, con el fin de intentar parar esta agresión y a difundir lo máximo posible lo que se va a juzgar a partir del lunes 18.

sábado, 10 de octubre de 2020

Llamamiento de la CGT a la Huelga General en Madrid a finales de Oct-2020

Fuente - CGT anuncia una Huelga General en Madrid para finales de octubre de 2020 - CGT 2.10.2020

La organización anarcosindicalista realiza un llamamiento a todos los colectivos y sindicatos alternativos para que se unan a dicha convocatoria, haciéndoles partícipes, para crear un frente amplio que recoja todas las reivindicaciones comunes.

La Confederación General del Trabajo (CGT) ha anunciado, a través de un comunicado, que ha acordado la convocatoria de una Huelga General en el ámbito de la Comunidad de Madrid, previsiblemente para finales del mes de octubre.

La CGT considera que los motivos que justifican esta huelga están sobradamente justificados. Entre ellos destacan el colapso del sistema sanitario, donde las diferentes administraciones han dado preferencia a factores económicos por encima de la vida de las personas, especialmente de aquellas más desfavorecidas. En este sentido, CGT señala que a pesar de esta segunda ola de Covid-19, la sanidad pública se sigue privatizando a costa de gente que se juega la vida por proteger la de la ciudadanía sin ningún tipo de respaldo político.

Por otro lado, CGT denuncia la existencia de una doble realidad en cuanto a los centros educativos, donde quienes pueden permitirse un centro privado cuentan a su vez con personal médico y medios que garanticen una adecuada enseñanza, mientras que otras muchas personas dependen de la gestión que se realice en los centros públicos, que además desconocen si podrán continuar recibiendo clases en los próximos meses debido a la evolución de la pandemia. CGT indica que, al igual que ha ocurrido con la sanidad, en la enseñanza también ha primado el factor económico por encima de las necesidades legítimas de las personas. Es por ello que en estos centros públicos, colapsados, faltan profesores y profesoras, personal médico y medios en general para que el alumnado pueda asistir a los mismos en unas condiciones mínimas de seguridad.

También, desde la CGT, indican la importancia de unos transportes públicos y de calidad en toda esta crisis del Covid-19. La gestión de los mismos deja mucho que desear y la falta de medios en los mismos ha incidido directamente en la propagación del coronavirus gracias a metros y autobuses saturados donde la distancia de seguridad entre personas usuarias es imposible.

A todo ello, desde CGT rechazan las políticas anticovid de la Comunidad de Madrid que se han puesto en marcha en los últimos días. Estas medidas, más que intentar contener la propagación del Covid-19 lo que pretenden es contener a la gente pobre en sus lugares de residencia y que solo se “muevan” para ir a trabajar, aunque lo tengan que hacer sin que su seguridad e integridad física estén garantizadas. Desde CGT han anunciado que no tolerarán ninguna norma que señale a los barrios obreros y a sus gentes, criminalizando a quienes viven en ellos, que son a su vez las personas más vulnerables y con menos recursos de la sociedad.

CGT realiza un llamamiento a toda la sociedad, a los sindicatos alternativos y a los colectivos u organizaciones sociales a unirse y a participar en esta convocatoria de Huelga General en defensa de un modelo social diferente, que no deje realmente a nadie atrás, que respete el medio ambiente y la igualdad efectiva entre personas, que respete las libertades y que garantice unos servicios públicos de calidad, gratuitos y universales.

martes, 16 de abril de 2019

Convocatoria Internacional: 1 de Mayo, EN EL TRABAJO Y EN LA LUCHA, CUENTA CON CNT

Fuente - 1 de Mayo: En el trabajo y en la lucha, cuenta con CNT - Confederación Nacional del Trabajo 7.4.2018 Castellano | Catalán | Euskera | Gallego | Asturianu | Aragonés | Materiales

El primero de mayo es un día reivindicativo de la clase obrera. Y este año, las calles tienen que volver a llenarse. Porque seguimos sufriendo una perpetua crisis que afecta a multitud de familias mientras el número de personas millonarias ha aumentado el doble en los últimos años. La patronal y los gobiernos potencian de manera pública o soterrada una economía neoliberal que supone quedarse con todos los beneficios, pagar nada o el mínimo de impuestos e ir privatizando progresivamente todos nuestros servicios sociales. Pero cuando llegan las crisis, entonces quieren socializar sus pérdidas, para que paguemos entre todas y todos sus excesos. Y mientras tanto, pretenden culpar de la crisis a los trabajadores y trabajadoras “por vivir por encima de nuestras posibilidades”. En cambio, no se culpa a los bancos por engañar y robar, o al gobierno por dejar que lo hicieran.

Y este año seguimos padeciendo la últimas reformas laborales. La de 2012 sumada a las doce anteriores que se han sucedido desde 1977 y que supuestamente nacieron para mejorar la situación socio-laboral de trabajadores y trabajadoras, pero que han servido justo para todo lo contrario. Aún no nos hemos olvidado de la última, aunque la clase política lleva años tratando de engañarnos prometiendo que la derogarían cuando llegaran al poder. La CNT lleva años exigiendo su revocación, pero no sólo de esta reforma, ni de la anterior, sino de todas ellas, ya que lo que necesitamos es una regulación laboral justa, que equilibre la balanza, que reconozca los derechos de la clase trabajadora, regulando y controlando de forma honesta los abusos de los empresarios.

Pero trabajadoras y trabajadores van poco a poco tomando conciencia de su situación. Por necesidad nos vamos organizando y uniendo con las personas que sufren las mismas privaciones que nosotros y nosotras. Y aquí es donde entra la CNT con ejemplos claros y tangibles, consiguiendo convenios y acuerdos basados en nuestra tabla reivindicativa que tratan de revertir parte de los efectos de las reformas laborales de las que antes hemos hablado. Ejemplo de ello son las victorias en Hermanos Ruiz Morantes, Urbaser, Extracciones Levante, Alumalsa, en los Servicios Informáticos o los Servicios de Emergencias de la Xunta de Galicia, Eurest o los Amarradores del puerto de Barcelona. A estos se suman otros frentes abiertos a día de hoy, como ha sido la huelga de tres días en productos Florida con un 80% de participación, la huelga en la Comercializadora de Etisur, despidos derogados en Capgemini, las constantes victorias de los Figurantes de CNT con múltiples productoras, Clece, Exeo, Wesser o Uber. Ejemplos a los que se unen la lucha y las mejoras que van consiguiendo el conjunto de nuestras secciones sindicales.
  • Con nuestro modelo sindical aprendemos y nos fortalecemos como clase trabajadora.
  • Nuestro modelo sindical hace que la patronal nos respete.
  • Con nuestro modelo sindical se crea conciencia.
  • Con nuestro modelo sindical no delegamos las decisiones de nuestra vida en terceras personas.
  • Nuestro modelo sindical no confía en la clase política para conseguir sus objetivos.
Esta es nuestra estrategia: Lucha por nuestros derechos en el trabajo, avanzando en la organización como trabajadoras y lucha por nuestros derechos en la calle, junto a todas aquellas personas y colectivos que se movilizan contra el capitalismo, el fascismo y la explotación. Y este es nuestro objetivo: Una sola clase obrera.

jueves, 23 de noviembre de 2017

La Expropiación Social ¿Y si cada sindicato constituyese un cooperativa? Táctica del Yunque y el Martillo

El objetivo principal de la guerra de clases es arrebatar el capital al capitalista, acabando con la explotación y distribuyendo la producción entre los trabajadores. Para ello tenemos una herramienta básica, que es el Sindicato. La táctica sindical dice que por medio de la organización de los trabajadores dentro de los centros laborales serán capaces de dominar, organizar y gestionar la producción hasta imponerse al mandato de los capitalistas y finalmente tomar el propio medio de producción, desde dentro. 

Es decir, la secuencia práctica sería: expropiar> gestionar> distribuir.

Sucede entonces algo cuando los trabajadores comienzan a gestionar los medios de producción, y es que el sindicato o la asamblea de trabajadores se transforma en una cooperativa de trabajadores.

Táctica del yunque y el martillo

La acción de la cooperativa se podría considerar qué es la progresión inversa de la del sindicato en el sentido de que partiendo de una necesidad de redistribución se promueve una organización dentro de la empresa que lleva la expropiación.

distribución> gestión> expropiación social

En definitiva se trata de usar la táctica del yunque y el martillo, siendo las cooperativas el yunque que contiene y absorbe los golpes de la empresa manteniendo la línea de suministros al sindicato mientras corta las de la empresa, mientras el sindicato golpea a empresa y empresarios hasta que liberan los medios de producción y los ponen en manos de los obreros para ser colectivizados.

¿Qué pasaría si el sindicato se constituyese directamente en cooperativa?

Mucho se han preguntado por qué no creamos cooperativas en vez de sindicatos. Las respuestas más sencillas es que los derechos de representación colectiva de los trabajadores, contemplados en la legislación, y adquiridos a través de siglos de lucha obrera, los sustentan los sindicatos y no las cooperativas, por lo tanto éstas son inútiles a la hora de defender los derechos de los trabajadores y conseguir mejoras inmediatas. Es decir las cooperativas no tienen la capacidad de representación colectiva legal, solo la tienen los sindicatos. 

Dicho de otro modo, las cooperativas no son capaces de incidir políticamente, reclamar derechos, exigir deberes, ni conseguir mejoras inmediatas en las empresas, lo cuál las hace poco atractivas a los obreros.

¿Son necesarias las cooperativas?

Evidentemente, y después de la respuesta anterior nos damos cuenta de que NO son realmente necesarias para un trabajador, no desde el punto de vista sindical. 

Pero si seguimos profundizando en el problema que es el de la Propiedad de los Medios de Producción, nos damos cuenta de que por largos periodos de tiempo no se han dado las condiciones necesarias para la Expropiación Revolucionaria, y las condiciones laborales han variado tanto que la lucha por las mejoras inmediatas en muchas empresas se ha hecho  inviable. Esto ha paralizado gran parte del movimiento obrero. Pero no por ello vamos a dejar de intentar EXPROPIAR a los capitalistas. Lo que si que debemos es adaptar el método.

Las cooperativas son capaces de Expropiar en tiempos de paz,  la llamaremos Expropiación Social, como mostramos en el post Cómo destruir el sistema clientelar Partido-Empresa con herramientas obreras, por lo que son herramientas complementarias y no sustitutivas de los sindicatos. No parece que puedan en tiempos de guerra con la eficiencia de un sindicato,

Desde este modo vemos imposible la expropiación revolucionaria si no se van produciendo expropiaciones sociales paulatinas que organicen el movimiento social alternativo suficientemente autónomo como para constituirse como contrapoder; de lo contrario cuando llegue el Momento revolucionario nuestras redes sociales estarán desorganizadas.

En el artículo Luchamos sin Retaguardia en un Mundo sin Medios. Por un Anarcosindicalismo Cooperativista contemplamos ámpliamente la necesidad de una cooperativad unida a un sindicato como única manera real de mantener su crecimiento e influencia en la sociedad. En el artículo Análisis del Target Anarcosindicalista descubre un problema de Diversificación. El nicho del Cooperativismo contemplábamos una red de cooperativas como forma de organización social capaz de recuperar los nichos obreros perdidos con la mecanización y la precariedad global en medio de una era de cambios tecnológicos. En el post Debate y Propuesta: Las TICs y el Pacto por una Economía Social Reintegradora. Estrategia del Go contra el capitalismo veíamos una de las múltiples maneras de organizar una red cooperativa. 

Es evidente que en los últimos tiempos la implicación de los trabajadores en los asuntos de la empresa e incluso en los suyos propios en sus propios intereses como trabajadores han caído en picado por una parte tenemos el fenómeno de la tercerización que ha eliminado los trabajos más pesados se ha mejorado en general las formas de prevención de riesgos laborales se han introducido nuevas tecnologías que hacen el trabajo aún más fácil y rutinario de modo que el trabajador puede cambiar de empleo realizando prácticamente las mismas tareas por último la precariedad generalizada produce un efecto anestésico al cual se une el resto de distracciones.

Objetivo de la Cooperativa Obrera

Objetivo inicial: Distribución
El beneficio de crear una cooperativa obrera cuyo fin es económico-laboral a la vez qué social es que aumenta la implicación de los trabajadores a la vez satisface sus necesidades de consumo y aumenta en definitiva su propia interacción. Los trabajadores de un centro o una empresa, debería tener un objetivo principal de apoyo, de retaguardia, la formación de un bloque económico dentro de la propia empresa que permitiese al sindicato la intervención en las decisiones de la empresa.

Se establece ente nosotros y la cooperativa una dependencia, una verdadera necesidad; una implicación hoy perdida con los sindicatos debido a los múltiples factores mencionados. Se depende de la cooperativa para obtener y mantener los medios de vida tanto como de un trabajo en una empresa. Es una relación aún más fuerte que con la empresa, ya que los cooperantes sienten como propio el medio de producción y el valor de su trabajo.

Como ya se ha mencionado un grave problema es la precariedad qué hace que los trabajadores cambien muy a menudo de trabajo rompiendo sus redes sociales económicas por lo que sería más lógico la creación de una cooperativa laboral multiempresa.

Desarrollo operativo: Gestión de la empresa
Este solo es el primer círculo organizativo. Una vez organizada esta cooperativa dentro de la empresa, conocidas sus necesidades y su funcionamiento, hay que establecer/Forzar -recordemos que estamos en plena lucha de clases- una negociación que tiene que conducir a la cesión progresiva de sus funciones hacia la cooperativa obrera o red cooperativa:- de sustituir sus contratos de suministros.
- de sustituir sus contratos de externalización.
- de Sustituir sus recursos humanos.
- de Dirigir sus productos a los puntos de venta deseados.
- de Sustituir la normativa del centro.
- de forzar su remunizipalización o nacionalización.

Esta es una forma también de romper numerosas redes clientelares sobre todo establecidos entre entre empresa-partido político

A medida que la red cooperativa va tomando servicios y funciones de la empresa su orden interno se va a subvirtiendo hasta el punto de volverse reconocible. Esto no lo puedo realizar un sindicato.

Objetivo final: Expropiación Social
¿Cuánto tiempo puede pasar hasta que la empresa, una vez tomados todos sus suministradores, clientes, servicios y funciones, se abandone, venda, ceda a los acreedores o a los propios trabajadores cooperativizados? ¿Cuánta presión puede llegar a soportar un empresario hasta darse cuenta de su derrota? Un empresario no claudicará si depende de esta, es decir, si es un medio de vida para él y no solo lucro. Eso debe de cambiar tanto como la plusvalía por él obtenida.
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lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Qué era el sindicalismo revolucionario? - Alasbarricadas


Desde hace aproximadamente un año, se viene desarrollando en la web Alasbarricadas.org un debate sobre el sindicalismo revolucionario desde una perspectiva más teórica que práctica. Este enfoque es comprensible en una discusión de carácter tan general. Sin embargo, se han dejado así de lado algunas cuestiones más terrenales que quizá darían más frutos que estos debates de ideas.

Por ejemplo, en el estado de debilidad organizativa en el que se encuentra hoy la clase trabajadora, ¿tiene sentido concentrar nuestras escasas fuerzas en un sector o en un área concreta, de una manera parecida a como hacen los Angry Workers of the World en el oeste de Londres? ¿Qué papel pueden jugar las redes de solidaridad “externas” en los conflictos laborales, cuando por las razones que sean los trabajadores no tienen la fuerza suficiente para imponerse a la empresa por sí mismos? ¿O cómo impulsar la organización independiente de los trabajadores en las grandes empresas, donde los sindicatos subvencionados tienen vía libre para desplegar todo tipo de maniobras? ¿Y en las pequeñas, donde no existe apenas organización sindical? O, yendo un poco más allá, ¿cómo se podría transformar la indignación pública hacia la situación y las condiciones de trabajo de las camareras de piso en una colaboración orientada a ampliar la base asociativa de las trabajadoras y a reunir la fuerza que necesitan para imponerse a los hoteleros y las subcontratas?
Estas cuestiones tienen al menos la virtud de estar orientadas hacia el desarrollo sobre el terreno de lo que podría ser un nuevo sindicalismo revolucionario (o el viejo sindicalismo revolucionario de una nueva clase obrera) a partir de la situación actual.
Sobre el debate en sí, aún a riesgo de simplificar demasiado, se puede decir que dos de los temas que más se repiten son la democracia, como crítica al burocratismo sindical, y las cooperativas. La democracia obrera sabemos que es condición necesaria pero no suficiente, hacen falta también métodos y orientaciones definidas. Y eso es precisamente lo que podría aportar el viejo sindicalismo revolucionario a la nueva clase obrera, en la medida en que este sindicalismo representa el grado de madurez política al que llegó la clase trabajadora hace un siglo. Era esa madurez la que les hacía confiar su suerte en la lucha de clases y su desenlace revolucionario, más que en el progresivo desarrollo de un movimiento de empresas cooperativas y o en la extensión del control obrero sobre la producción capitalista.
En fin, en lo que respecta a las cuestiones más prácticas, la lectura de este manual de Labor Notes ofrece a los militantes sindicales y a los trabajadores cabreados un puñado de consejos, orientaciones y experiencias que quizá sean de utilidad en algunos centros de trabajo. Y en lo referente a las cuestiones teóricas, se reproduce abajo unos extractos del libro La CNT en los años rojos (pag. 54 y ss.) en los que el autor explica cuáles eran los caracteres fundamentales del sindicalismo revolucionario, pues a veces se corre el riesgo de que de tanto querer renovar, la cosa se transforma tanto que queda irreconocible.
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La Carta de Amiens y los caracteres fundamentales del sindicalismo revolucionario
El Congreso de Amiens, celebrado en esta ciudad francesa del 8 al 14 de octubre de 1906, formuló las líneas maestras del sindicalismo revolucionario en una declaración fundamental, carta básica del sin­dicalismo, que habría de conocerse históricamente como la Carta de Amiens. El texto de esta carta, que, por su interés y en tanto en cuan­to traza las líneas fundamentales del sindicalismo revolucionario, analizaremos detenidamente, decía lo siguiente[1]:
«El Congreso Confederal de Amiens confirma el artículo 2, constitutivo de la CGT[2].
La CGT agrupa, fuera de toda escuela política, a todos los trabajadores conscientes de la lucha que hay que llevar a cabo para la desaparición del salario y del patronato.
El Congreso considera que esta declaración es un reconoci­miento de la lucha de clases que opone, en el terreno económi­co, a los trabajadores en rebeldía contra todas las formas de explotación y de opresión, tanto materiales como morales, uti­lizadas por la clase capitalista contra la clase obrera.
El Congreso precisa esta afirmación teórica en los siguien­tes puntos:
En la acción reivindicativa cotidiana, el sindicalismo persi­gue la coordinación de los esfuerzos obreros, el incremento del bienestar de los trabajadores mediante la realización de mejo­ras inmediatas, tales como la disminución de las horas de tra­bajo el aumento de los salarios, etc.
Pero esta tarea sólo es un aspecto de la actividad del sindi­calismo; éste prepara la total emancipación, que sólo se puede conseguir mediante la expropiación capitalista; preconiza co­mo medio de acción la huelga general y considera que el sindi­cato, que hoy es una agrupación de resistencia, será en el futu­ro la agrupación de producción y de distribución, base de reorganización social.
El Congreso declara que esta doble tarea, diaria y futura, deriva de la situación de asalariados que gravita sobre la clase obrera y que impone a todos los trabajadores, cualesquiera que fueren sus opiniones o sus tendencias políticas o filosóficas, el deber de pertenecer a la agrupación esencial que es el sindicato.
En consecuencia, y en lo que atañe a los individuos, el Congreso afirma la total libertad para el sindicado de partici­par, fuera de la agrupación corporativa, en aquellas formas de lucha que correspondan a su concepción filosófica o política, limitándose a exigirle, en reciprocidad, que no introduzca en el sindicato las opiniones que profesa en el exterior.
En lo concerniente a las organizaciones, el Congreso decla­ra que, a fin de que el sindicalismo obtenga su máximo de eficacia, la acción económica debe ejercerse directamente contra la patronal, no teniendo las organizaciones confederadas, en tanto que agrupaciones sindicales, que preocuparse de los par­tidos y de las sectas que, fuera y paralelamente a ellas, puedan perseguir, con toda libertad, la transformación social.»
El texto de la Carta de Amiens consta de dos partes bien diferen­ciadas: una primera, en la que se establecen las concepciones básicas de las que se parte; un análisis de la sociedad capitalista, de los prin­cipales elementos que la forman, de la explotación económica que se produce en ella y de la necesidad de la lucha de clases y de la derrota de la clase capitalista, para lograr la superación de esa situación de explotación; y una segunda parte, en la que se define el sindicalismo y la función del sindicato en el medio específico que constituye la so­ciedad capitalista, en el proceso revolucionario y en la sociedad futu­ra, sin clases. Pero veámoslo con mayor detalle:
1) El sindicalismo revolucionario se basa en una concepción de la sociedad dividida en clases: por un lado la «clase obrera» o «traba­jadores» y por otro la «clase capitalista» —por emplear los propios términos de la Carta—. Esta división determina la situación de «explotación» en que se encuentra la clase obrera con respecto a la capitalista; explotación que se manifiesta, se materializa, en la rela­ción de trabajo, por la que el trabajador —«asalariado»— vende su trabajo a cambio de un salario al «patrono». Pero la explotación ma­terial va acompañada de otras «formas de explotación y de opresión, tanto materiales como morales», que perpetúan aquélla.
El reconocimiento de la división clasista de la sociedad, pero, sobre todo, la diferenciación en clases en base al papel que cada una representa en la producción, es algo que el sindicalismo toma directamente del marxismo.
2) La división clasista de la sociedad trae consigo el «reconoci­miento de la lucha de clases», como base fundamental en la que el sindicalismo centra su acción revolucionaria. La lucha de clases, «que opone, en el terreno económico, a los trabajadores», a la «clase obrera», contra la «clase capitalista», es una consecuencia lógica de la concepción de la sociedad como dividida en clases. Elemento teórico fundamental del sindicalismo revolucionario, es algo que, en íntima relación con la concepción clasista de la sociedad, se toma también del marxismo.
De la concepción clasista de la sociedad y de la lucha de clases se derivan, para el sindicalismo revolucionario, tres consecuencias:
a) La independencia de la clase trabajadora con respecto a la burguesía y sus instituciones, y la necesidad de mantener y fomentar esta independencia mediante la educación y concienciación de los tra­bajadores. 

Esto quiere decir que la clase trabajadora tiene un conjun­to de intereses y fines a conseguir que nada tienen que ver con los fi­nes e intereses de la clase explotadora, y que, por lo tanto, los medios a emplear para conseguirlos han de ser los adecuados a esos fines, es decir, medios propios y específicos de la clase trabajadora. 

Y el me­dio propio y específico de la clase trabajadora, como un todo, es el Sindicato, y su modo de acción el sindicalismo revolucionario.
Así pues, el enfrentamiento entre el trabajador y el capitalista, la lucha de clases, proviene de la situación de explotación en que se en­cuentra el primero con respecto al segundo; es, por tanto, algo que se produce en el terreno puramente económico y que, por ello, en ese mismo terreno debe resolverse. Lo demás, las otras «formas de opre­sión materiales y morales» no son sino una derivación de lo funda­mental: la explotación económica de la clase trabajadora. La derro­ta, la expropiación de la clase capitalista, supondrá la emancipación social, la desaparición de las clases y de todas las formas de opresión moral y material. Ello, sin embargo, no quiere decir que el sindicato no deba luchar frente al Estado y todas las formas de opresión; por el contrario, la lucha contra el Estado va íntimamente unida a la lucha contra el «patronato», dado que el primero no es más que un elemen­to que emplea el segundo para realizar su explotación. Ahora bien, se trata de una lucha contra el Estado y contra el patronato; no por el Estado y contra el patronato, como lo entiende el socialismo marxista[3].
De lo dicho obtiene el sindicalismo las siguientes consecuencias:
  1. que la lucha se plantea a la clase capitalista en «el terreno eco­nómico». «La acción económica debe ejercerse directamente contra la patronal»[4].
  2. que el medio específico de lucha de la clase trabajadora, que representa a toda la clase e interviene específicamente en el terreno económico es el Sindicato. Ello significa que los demás medios de lucha no son adecuados para conseguir el fin que pretende la clase trabajadora, bien porque introducen en ella divisiones de tipo ideoló­gico —con lo que no la pueden representar en su totalidad—, bien porque no actúan en el puro terreno económico y desvían la lucha de su marco fundamental.
  3. que el Sindicato ha de ser independiente ideológicamente; su único fin es la emancipación de la clase trabajadora de la explotación económica en que se encuentra, no cabe en ello matización ideológica alguna que pueda suponer un peligro de división de la clase. El sindi­calismo es ideológicamente «neutral», su único patrón ideológico es el que corresponde a la pretensión de emancipación total de la clase trabajadora y, por tanto, de la sociedad. Es apolítico en el sentido de que no sigue a corriente política alguna, y de que no participa en el juego político, pero es político en el sentido de que pretende, a través de la lucha económica contra la clase capitalista, la transformación total de la sociedad, la revolución social.
  4. que el Sindicalismo ha de ser independiente orgánicamente. Ello es una consecuencia lógica de lo anterior. Si el sindicato ha de permanecer al margen de toda ideología política, con mayor razón aún ha de permanecer independiente de toda organización política o ideológica; cada uno tiene su propio fin y su marco de actuación, y, aunque puedan coincidir en algo, el sindicato es superior por respon­der a los específicos de la clase obrera; no puede, pues, delimitarse por las directrices o por el control de ninguna organización que trans­cienda o reduzca los fines y los marcos de actuación propios de la cla­se obrera.
  5. que el rechazo de todas las «formas de opresión», aunque así no se diga expresamente, incluye necesariamente la condena del Esta­do y de todo autoritarismo. Esta condena es vieja en los medios sin­dicalistas, pero adquiere nueva dimensión al ponerla en contacto con la teoría de la lucha de clases, dado que, al considerar a ésta como una lucha puramente económica y al Estado como un elemento más de los que emplea la clase capitalista para perpetuar su explotación, la importancia del Estado se relativiza y queda en un segundo plano. Si se derrota a la burguesía, si se le arrancan los medios de produc­ción, en base a cuya propiedad explota al trabajador, mediante la lucha de clases, la guerra social, el Estado desaparecería por sí solo, por carecer de función. De ello se deriva: primero, que la importancia del Estado en la guerra social es mínima, secundaria; lo importan­te es expropiar a la burguesía.
En definitiva, pretender hacer la revolución social en base a la toma del Estado, no es sino desviar a la clase trabajadora de su propio destino y perpetuar el dominio de la clase capitalista. Ello no quiere decir, sin embargo, que el Sindicato no deba luchar contra el Estado; por el contrario, la lucha del Sindicato por la emancipación de la clase obrera quedaría un tanto coja si no se ejerciese también contra el mecanismo que la burguesía emplea para realizar su explo­tación económica.
b) La necesidad de la unión y la solidaridad de todos los tra­bajadores en esta lucha contra la burguesía. La explotación es algo que recae por igual sobre todos los trabajadores, ocupa a toda la cla­se obrera, de aquí que la única posibilidad que éstos tienen de liberar­se de ella consiste en que todos se unan y luchen conjuntamente en contra del enemigo común, la «clase capitalista».
c) La necesidad de derrotar a la clase capitalista en esta lucha, de lo cual se derivaría, tras la expropiación de la misma, la desapari­ción de «todas las formas de explotación y de opresión» y la emanci­pación social. Es decir, no sólo la emancipación de la clase trabaja­dora, sino la emancipación de toda la sociedad, mediante la «desapa­rición del asalariado y del patronato».
3) La lucha de clases determina, para el sindicalismo revolu­cionario, la necesidad de que la clase obrera se una, se agrupe, en un órgano de defensa y de lucha propio; este órgano de lucha específico de la clase obrera no es otro que el El Sindicato es, como dice la Carta, la «agrupación esencial» de la clase obrera, común a toda ella, que «persigue la coordinación de los esfuerzos obreros», «en la acción reivindicativa cotidiana» y para «la total emancipa­ción, que sólo se puede conseguir mediante la expropiación capitalis­ta».
La especificidad del sindicato como arma de lucha de la clase trabajadora viene determinada —como ya vimos en cierto modo anteriormente— por el contenido que el sindicalismo revolucionario atribuye a la lucha de clases. Es decir, la lucha de clases, que termina en la revolución expropiadora de la burguesía, tiene un contenido fun­damentalmente económico: se trata de arrancar a ésta, poco a poco, parcelas de su poderío económico, hasta que las circunstancias so­ciales hagan favorable la realización de una huelga general que pro­voque la caída de todo el entramado político social y permita la total expropiación de los medios de producción, hasta entonces en manos de la clase capitalista[5].
4) Pero, reconocida su superioridad, ¿cuál es la función específica del Sindicato? Para el sindicalismo revolucionario, como la propia Carta dice, el Sindicato tiene una doble función: por una parte, «el incremento del bienestar de los trabajadores mediante la realización de mejoras inmediatas, tales como la disminución de las horas de trabajo, el aumento de salarios, etc.»; pero, por otra parte, y ello es lo específicamente distintivo del sindicalismo revolucionario, el Sindicato «prepara la total emancipación, que sólo puede conse­guirse mediante la expropiación capitalista», y si hoy «es una agrupa­ción de resistencia, será en el futuro la agrupación de producción y de distribución, base de reorganización social».
Aparte de otras cuestiones teóricas, es precisamente aquí donde el sindicalismo revolucionario se va a distinguir de otras concep­ciones sociales y políticas de matiz revolucionario.
El sindicalismo revolucionario aparece así a los ojos de los sindi­calistas como una nueva concepción socialista revolucionaria científica, por cuanto se basa en la más estricta realidad social y en el desarrollo de las fuerzas naturales que nacen como respuesta a la explotación capitalista y que, por lo tanto, suponen su verdadera al­ternativa. Pero también por cuanto supone, como hemos visto, una tercera vía superadora de las dos concepciones socialistas hasta en­tonces más extendidas en el mundo obrero, el marxismo y el anar­quismo, en las que, por otra parte, basa la mayoría de sus concep­ciones.
a) La primera función del sindicato, la lucha por las mejoras inmediatas, tiene para el sindicalismo revolucionario un contenido diferente al que el anarquismo y las primeras concepciones sindicalis­tas le atribuyeron. Así, mientras que para éstos la conquista de mejo­ras inmediatas constituía una labor inútil, algo que el capitalismo podía permitirse conceder y que compensaba con otras prestaciones; mientras que éstos consideraban que la lucha por estas mejoras suponía una pérdida inútil de fuerzas que deberían acumularse para el esfuerzo final que exigiría la huelga general revolucionaria[6], los sindicalistas revolucionarios consideraban que estas mejoras cons­tituían ya una expropiación parcial de la burguesía, una conquis­ta, una plataforma para ir a más en este proceso expropiador[7].
Pero, la lucha por las mejoras inmediatas suponía para los sindicalistas re­volucionarios algo útil, no sólo en el sentido de que servían para ali­viar parcialmente la situación, en el más amplio sentido de la pa­labra, sino que esta lucha significaba al mismo tiempo un «ejercicio revolucionario» y una capacitación del obrero para regir sus propios destinos. Es decir, la lucha por las mejoras inmediatas, lejos de cons­tituir una pérdida de fuerzas, suponía, además de la realización de pasos adelante en el proceso expropiador de la burguesía, un ejerci­cio, una preparación constante del obrero que le mantenía en forma, dispuesto para cuando el momento revolucionario le exigiese su es­fuerzo definitivo[8]; pero, además, esta lucha suponía una dinamización de la conciencia obrera, una movilización que desarrollaba la solidaridad de clase y hacía comprender al obrero la situación de explotación en la que se encontraba, por encima de la problemática inmediata planteada[9]. Finalmente, la lucha reivindicativa suponía, para el sindicalismo revolucionario, una capacitación del obrero para cuando tuviese que dirigir por sí mismo el proceso económico en la sociedad emancipada, por cuanto le ponía en contacto directo con toda la problemática de éste, favoreciendo por medio de la lucha el desarrollo del grupo básico de acción —el Sindicato—, alternativa orgánica de la sociedad futura; desarrollando la preocupación y el conocimiento de las cuestiones económicas, etc.[10].
En este sentido, aunque se puedan apreciar algunas diferencias en los diversos teóricos del sindicalismo revolucionario al respecto, puede decirse que cualquier tema era bueno para realizar una lucha reivindicativa, y que cualquier lucha reivindicativa era buena, fuese cual fuese su motivación[11]. Sin embargo, la cuestión estaba en la for­ma de realizar esta lucha. La desconfianza hacia toda la maquinaria estatal y la concepción estricta del modo de producción capitalista les llevaba a desconfiar de toda mejora que no hubiese sido arrancada a la burguesía o al Estado mediante el ejercicio de la acción directa. Ello no quiere decir, sin embargo, que no se aceptasen todas aquellas mejoras que fuesen objeto de concesión más o menos gratuita, sino que se aceptaban en cuanto supusiesen un avance en el camino eman­cipador, pero se consideraba que las conquistas importantes sólo se podrían conseguir a través de la acción directa, de la lucha directa contra la burguesía.
No vamos a analizar aquí las diferentes formas o modos de ac­ción que puede adoptar el sindicalismo «reformista», sin embargo, sí hay que precisar que la denominación de «reformista», aplicada por el sindicalismo revolucionario a todo aquél que no es tal, es muy amplia y que en ella se incluyen tanto a aquellas corrientes sindicales que no pretenden una transformación revolucionaria de la sociedad —como el sindicalismo puramente reivindicativo, o, más tarde, el ca­tólico, etc.—; como a aquéllas que no emplean exclusivamente la ac­ción directa en su actuación y que caen, por tanto, en peligro de la conciliación de clases —como el sindicalismo político, que siga o apoye las directrices de un determinado partido o corriente política; el mutualista o cooperativista, que pueda desarrollar entre los obre­ros intereses capitalistas, el corporativista, etc.—.
Así pues, la lucha reivindicativa es también algo esencial para el sindicalismo revolucionario, y, en ello, sólo se distingue del sindicalis­mo reformista por la valoración de las conquistas —«expropiaciones parciales»— y por el medio empleado para arrancarlas —la acción directa—.
b) La segunda función que el sindicalismo revolucionario atribuye al sindicato es precisamente la que le caracteriza: la revolucionaria. Dicho en términos de la Carta de Amiens, el Sindicato «prepara la total emancipación» y constituye la «base de reorganiza­ción social». Es decir, la función revolucionaria que asume el sindi­cato es doble, se realiza en dos momentos diferentes. 
- En un primer momento, en la sociedad capitalista, el sindicato lucha contra la burguesía propietaria de los medios de producción, creando las bases adecuadas para la realización de la revolución, que consistirá en la declaración de la huelga general revolucionaria, como ya veremos más tarde. 
- En un segundo momento, tras la revolución, el sindicato se encarga de la reorganización de la nueva sociedad emancipada en base a su propia estructura, al menos en el aspecto social más impor­tante —que determinaba la explotación y la opresión en la sociedad burguesa—, el económico; así, como la propia Carta dice, el Sindica­to «será en el futuro la agrupación de producción y de distribución» básica.
5) Otra de las características fundamentales del sindicalismo re­volucionario es que toda la actuación del Sindicato ha de realizarse a través de una única vía: la acción directa.
Si las características del sindicalismo revolucionario que hasta ahora hemos estudiado tenían un aspecto predominantemente ideo­lógico, la acción directa es fundamentalmente un principio táctico; es decir, es uno de los planteamientos teóricos del sindicalismo en los que predomina más el aspecto táctico. La acción directa es el patrón, el modo de actuar por el que se rige el sindicalismo.
El concepto de acción directa es una derivación lógica del concep­to de lucha de clases y del papel de clase independiente que juega el proletariado en esta lucha social. La clase obrera actúa sola, con su arma específica, el Sindicato, contra la «clase capitalista», su enemi­ga irreconciliable; por tanto, en esta lucha no puede esperar en­contrar ningún tipo de apoyo ni colaboración que no sea la que venga dada por la propia solidaridad de los trabajadores organizados en el Sindicato. La sociedad capitalista está organizada y dominada por y de acuerdo con los intereses de la burguesía, por lo que todos los mecanismos de la misma están puestos a su servicio. Los trabajadores no pueden, por tanto, emplear en esta lucha más que sus propios me­dios. Pero la burguesía puede aún emplear toda una serie de recursos para asegurar su predominio, atrayéndose a los trabajadores a toda una serie de mejoras relativas, a una participación en el juego político, creando la ilusión de la posibilidad de la emancipación en base a esa participación, logrando así el engaño y la sumisión de los trabajadores al sistema de explotación capitalista. De aquí que de la necesidad fáctica de actuar sola que tiene la clase trabajadora para lograr su propia emancipación, se pase a la imposición teórica de esa necesidad. Así, la táctica de acción directa que el sindicalismo revolucionario impone no es sólo la constatación real de la independencia y autonomía de la clase trabajadora, sino que es fundamentalmente un rechazo de toda esa serie de mecanismos que la burguesía impone pa­ra evitar el enfrentamiento directo con la clase trabajadora, asegu­rando su predominio mediante tácticas conciliatorias e instancias in­termedias que crean la ilusión de justicia y de la posibilidad de progreso.
El sindicalismo revolucionario adoptó como bandera, en este sen­tido, el lema de la Primera Internacional: «La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos». Así pues, la acción directa significa que el sindicalismo resolverá sus conflictos con el patronato de una manera directa, sin la intervención de ningún intermediario; pero, al mismo tiempo, implica que, desde el punto de vista de la lucha general por su emancipación, la clase trabajadora actuará directamente contra la burguesía y su instrumento de poder, el Estado, rechazando, por tanto todos los instrumentos que tienen como fin la participación en el mismo o su utilización. Por tanto, la acción directa implica el rechazo de todos los mecanismos conciliato­rios y de todos los instrumentos que desvíen la lucha contra la burguesía y el Estado del enfrentamiento directo, como los arbitra­jes, los tribunales, los partidos políticos, el parlamento, etc.
La acción directa implica, pues, una negación sustancial de todo el sistema político y de la legalidad vigente, aún de la más progresis­ta. La lógica es tan simple como contundente: el proletariado no puede esperar nada de la burguesía ni de su órgano, el Estado, dado que ésta no puede actuar contra su propio interés, bien concediendo mejoras materiales o bien ampliando el campo de las libertades, de tal manera que se fortalezca la posición de la clase trabajadora. La consecuencia es, por tanto, obvia: la acción directa, la lucha directa contra la burguesía y el Estado es la única que puede permitir a la clase traba­jadora salir de la situación de explotación en la que se encuentra. 

En definitiva, por una parte, las mejoras inmediatas obtenidas por los trabajadores siempre serán más radicales y efectivas si han sido con­seguidas a través de la acción directa[12]; pero, por otra parte, y ello es lo más importante, la emancipación de la clase obrera sólo podrá re­alizarse en el marco de la acción directa, dado que es la única que permite su actuación autónoma, independiente, sin ataduras ni limi­taciones ajenas de ningún tipo, desarrollando las formas de lucha que le son propias, y llevando esta lucha al campo que le es propio, el económico, y no al que le interesa a la burguesía, el político.
Pero la acción directa que propugna el sindicalismo revoluciona­rio es esencialmente colectiva; es decir, el sindicalismo revolucionario propugna la acción de masas, la acción colectiva de la clase trabaja­dora contra la burguesía, propietaria de los medios de producción, y su elemento de dominación, el Estado. Rechaza, por tanto, la acción individual, aunque sea directa; es decir, rechaza todo tipo de táctica que reduzca esta lucha al enfrentamiento individual, que elimine la actuación de la masa obrera, sustituyéndola por la acción aislada de uno o de unos pocos, de una élite revolucionaria. El protagonismo revolucionario fundamental corresponde, según el sindicalismo revo­lucionario, al conjunto de la clase obrera, organizada en su medio específico de acción, que no es otro que el Sindicato.
Así pues, la acción directa es lo que determina las formas o mo­dos de actuación del sindicalismo revolucionario, pero ¿cuáles son éstos?
a) La huelga es, para el sindicalismo revolucionario, el arma por excelencia de la clase trabajadora, dado que implica por parte del trabajador la negativa a realizar la prestación a que le obliga el papel que desempeña en la sociedad. Afecta, por lo tanto, a lo esencial, a la prestación del trabajo, origen de la producción y base de todo el sis­tema económico, en el que se apoya la sociedad. De aquí la trascen­dencia y la importancia de este arma.
La huelga demuestra al asalariado la importancia de su papel en la sociedad, le hace ver la trascendencia, el valor, del trabajo, sin el cual la sociedad no podría ser concebida, no podría subsistir. Ello le permite ser consciente de la injusticia del sistema económico capita­lista y fomenta en él la necesidad de regir su propio trabajo. Pero, además, la huelga supone una primera ruptura dentro del sistema je­rárquico de la sociedad que imponen la división del trabajo y el do­minio privado de los medios de producción. La huelga implica la ne­gación de la autoridad patronal dentro de la empresa; implica una ruptura dentro del sistema tradicional de relaciones en la producción, por el cual el trabajador se encuentra sometido a la autoridad del patrono. Y, dado que todo el entramado de la estructura social se ba­sa precisamente en estas relaciones, la huelga supone algo más que la mera desobediencia al patrono, supone una negación global de la estructura autoritaria de la sociedad[13].
b) El boicot [14], junto a la táctica que implica su acción contra­ria, el «label», es una de las tácticas más recientes del sindicalismo re­volucionario, y su generalización no se produce sino desde finales del siglo pasado y principios de éste. Los sindicalistas franceses adoptarían formalmente esta arma, a propuesta de De Lasalle y de Pouget, en el Congreso de Toulouse, de 1897. Al contrario que la huelga, que implica una acción colectiva de los trabajadores contra su patrono, el boicot es un arma que tiene como base necesaria la so­lidaridad de la clase trabajadora; en ella el agente activo no son tanto los propios trabajadores afectados por el conflicto, como el resto de los trabajadores; requiere pues el concurso del resto de la población. Anselmo Lorenzo lo definió como la «sentencia a la privación de clientela a que se condena al burgués recalcitrante»[15].
c) El label, término de origen inglés, implicaba la acción contraria al boicot. Menos estudiada aún por el sindicalismo revolu­cionario, esta arma fue utilizada con relativa frecuencia por el sindi­calismo más reciente, siendo prácticamente desconocida por los ini­ciadores del mismo. Generalmente, este arma tenía un doble signifi­cado: declarada aisladamente, o tras una huelga, venía a recomendar la utilización de los productos o servicios —mediante una marca o sello, en algunos casos, de aquí su denominación— de una determi­nada empresa, por haber reconocido ésta las exigencias de los trabaja­dores, ya de tipo laboral, ya de cualquier otro tipo (en algún caso fue utilizada para recomendar el consumo en empresas que ofrecían pre­cios especiales a los trabajadores, bien por estar afiliados a un deter­minado sindicato, o sin más; o bien por ofrecer productos de especial calidad, etc.).
d) El sabotaje [16] es, al contrario que las dos anteriores, una de las armas más antiguas de la acción obrera. Quizá pueda decirse que, con la huelga, las primeras manifestaciones de la protesta obrera se hicieron en forma de sabotaje, en la forma más contundente del sa­botaje: la destrucción violenta de los productos y de las máquinas que amenazaban dejar sin empleo a los trabajadores, en el período del desarrollo del maquinismo. Sin embargo, como el boicot, sólo sería formalmente adoptado por los sindicalistas franceses en el Congreso de Toulouse, de 1897, también a propuesta de Pouget y De Lasalle. Así, por sabotaje se entendía en el sindicalismo revoluciona­rio toda una serie de actividades que afectaban al conjunto del proce­so productivo, tanto al proceso de fabricación en sí, como al produc­to y a su distribución.
Considerando en conjunto las diversas formas de actuación del sindicalismo revolucionario que hasta ahora hemos expuesto[17], se podría decir que sólo la huelga y el sabotaje responden de una mane­ra estricta a la concepción de acción directa, que implica la actuación de los propios interesados frente al capitalista. El boicot y el label su­ponen la actuación, no sólo de los interesados en el conflicto, sino, fundamentalmente, del resto de los trabajadores, como consumido­res de los productos que vende el capitalista; son un acto de solidari­dad de clase. Así, sólo en este sentido, como movilización de la clase obrera contra un patrono, lo que implica un enfrentamiento directo entre un sector de la clase obrera con otro de la clase capitalista —lucha de clases—, pueden ser considerados el boicot y el label ac­ción directa, dado que, aunque los que lo declaren, los que pongan en acción estas armas, sean los obreros afectados por el conflicto, los verdaderos agentes activos de las mismas son unos terceros, ajenos al mismo. Ello es, por tanto, básicamente contrario a los principios de la acción directa y sería equiparable a la utilización de un mecanismo de conciliación, donde un tercero presiona para que se llegue a una solución del conflicto, con la única diferencia de que en el boicot y en el label la presión se ejerce sobre una sola de las partes. Sin embargo, a pesar de todo, el sindicalismo revolucionario no consideró en abso­luto este aspecto de la utilización de estas armas y valoraba en ellas fundamentalmente el hecho de la solidaridad de clase que implica­ban, considerando a ésta —la clase trabajadora— como protagonista en su conjunto.
6) La vía que el sindicalismo revolucionario prevé que llevará a la revolución social es la huelga general. Según decía la Carta de Amiens, «la total emancipación, que sólo se puede conseguir me­diante la expropiación capitalista», solamente se puede realizar a tra­vés de un medio de acción: la huelga general. La huelga general es pues el hecho revolucionario por excelencia; es la acción organizada de los sindicatos que determina la paralización total de la producción hasta la caída del régimen burgués. Es la «expresión suprema de la acción directa»[18].
El mismo hecho de que la huelga general se iniciase en la legali­dad, en un conflicto parcial, venía a recalcar, junto con las ya cono­cidas argumentaciones, la importancia de las huelgas parciales a efec­tos de la revolución. Las huelgas parciales son, así, una labor previa necesaria, que refuerzan la unidad de la clase obrera, al mismo tiem­po que educan y preparan al obrero para hacerse con la dirección del proceso económico.
__________
Notas
[1] Bastante conocido y citado por diversos autores, tomo aquí la traducción cas­tellana del libro de A. Barjonet «La CGT…», cit. La Carta de Amiens sería con pos­terioridad ratificada por los Congresos de la CGT de Marsella (1908), Toulouse (1910) y El Havre (1912), quedando consagrada como el documento básico del sindicalismo revolucionario.
[2] El texto del art. 2 —actual art. 1— decía: «La Confederación General del Tra­bajo tiene por objeto: 1) La agrupación de los asalariados para la defensa de sus inte­reses morales, materiales, económicos y profesionales. 2) Agrupa, fuera de toda es­cuela política, a todos los trabajadores conscientes de la lucha que hay que llevar a ca­bo para la desaparición del asalariado y del patronato. Nadie puede hacer uso de su título de confederado o de un cargo en la Confederación en un acto electoral político cualquiera» (A. Barjonet, op. cit., p. 21).
[3] Como decía Griffuelhes «… el trabajador no debe esperar nada del patronato. Este no puede, sin atentar directamente contra sus intereses, reducir su autoridad y sus beneficios (…). Así, pues, el sindicalismo afirma que el trabajador no debe esperar na­da del Estado, que no puede entregarse de una manera desinteresada a la tarea de for­talecer la acción obrera o de aumentar las libertades necesarias al proletario para la lucha de cada día. De ahí la oposición existente entre sindicalismo, de una parte, y patronato y Estado de otra. De esta oposición resulta la lucha: el trabajador, que no debe contar más que consigo mismo, obra para exigir del uno ventajas y del otro liber­tades» (V. Griffuelhes, «El Sindicalismo revolucionario», Valencia, s.f., pp. 19-20).
[4] La acción económica del proletariado supone para el sindicalismo, por una par­te, un beneficio propio inmediato, pero, por otra, un beneficio social remoto, por
cuanto tiende, mediante la expropiación de la burguesía, a generalizar socialmente el beneficio económico. En este sentido, el proletariado no debe tener reparos en la bús­queda de su propio interés, que es un interés social. En palabras de Sorel: «los capita­listas, en su furor innovador, no se ocupaban de su clase o su patria; cada uno de ellos consideraba únicamente el mayor beneficio inmediato. ¿Por qué los sindicatos han de subordinar sus reivindicaciones a los altos intereses de la economía nacional y no se han de aprovechar todo lo posible de sus ventajas cuando las circunstancias les son fa­vorables? El poder y la riqueza de la burguesía se basaban en la autonomía de los di­rectores de empresa. ¿Por qué no se ha de basar la fuerza revolucionaria del proleta­riado en la autonomía de las rebeliones obreras?» (G. Sorel, op. cit., p. 62).
[5] «Todo sindicado sabe hoy —decía Yvetot— que, en principio, una mejora no es positiva para los explotados, sino en tanto que se toma en perjuicio directo de los explotadores, sin que haya repercusión de perjuicio sobre los obreros consumidores.» Pero «llegada a cierto grado de madurez —abundaba Griffuelhes—, a cierto nivel de desenvolvimiento, a cierto estado de desarrollo; habiendo adquirido por el entrena­miento de los combates de cada día la mirada certera, la seguridad, la confianza, el ímpetu, la tenacidad, la clase obrera realizará su liberación con la huelga general», así «la revolución social, es decir, la liberación del trabajo y del provecho, será el resulta­do de un movimiento total de la clase obrera, produciéndose en el terreno de la pro­ducción» (G. Yvetot, «ABC sindicalista», Barcelona, s.l., p. 2; y V. Griffuelhes, op. cit., p. 24).
[6] El propio Pelloutier había escrito en contra de las huelgas parciales, subordi­nándolas a la huelga general. En su folleto «Qu’est-ce que la greve générale?» llegaría a decir: «Sabéis bien que todas las huelgas son funestas. Es inútil decir por qué lo son las que fracasan; y las que tienen éxito lo son por dos razones: la primera es que, salvo el caso, muy raro, en que la necesidad de entregar los pedidos previstos obligue al patrono a ceder inmediatamente, el aumento de sueldo conseguido no se equiparará nunca a los sacrificios hechos… La segunda razón es que, incluso después de una huel­ga victoriosa, los obreros se sienten tan hastiados por el escaso resultado obtenido que, durante mucho tiempo no se puede contar con ellos para apoyar un movimiento revo­lucionario. ¡Hermoso resultado!» (citado en G. Lefranc, op. cit., p. 53).
[7] En este sentido se manifestaba Pouget, cuando decía que el fin primero del sin­dicato consiste: «en hacer frente constantemente al explotador; en obligarle a respetar las mejoras conquistadas; en oponerse a toda tentativa de regresión; en atenuar la explotación exigiendo mejoras fragmentarias, como disminución de horas de trabajo, aumento de salarios, mejora higiénica, etc., modificaciones que aunque se refieran só­lo a detalles, no dejan de ser atenuaciones favorables al trabajo y golpes eficaces contra los privilegios capitalistas» y recalcaba que «cualquiera que sea la mejora con­quistada, debe constituir siempre una disminución de los privilegios capitalistas, ha de ser una expropiación parcial» (E. Poucíkt, op. cit., pp. 11 y 16). Subrayado en el origi­nal.
[8] Como decía Yvetot, hablando del medio más común de lucha en pos de mejo­ras parciales, «la huelga parcial es un ejercicio, una gimnasia saludable que fortifica al proletariado en vista de una lucha suprema que será la huelga general revolucionaria» (G. Yvetot, op. cit., p. 6).
[9] «Las victorias obtenidas por el proletariado en este campo, modificaciones de horario, elevación de los salarios, mejoras de los contratos de trabajo, etc. —decía el italiano Leone— son las señales, las huellas de su paso; son los puntos intermedios de esa fuerza de concurrencia que tiende a desembocar, como último resultado, en el res­cate colectivo de los medios de producción, de las condiciones externas de la produc­ción monopolizadas por el capitalismo, lo cual implica precisamente la supresión de las bases materiales de existencia del capitalismo. Así la misión revolucionaria se expresa a través de esas ventajas inmediatas. De la confusa nube —si se me permite expresarme así— de los ciegos intereses que empujan a las masas trabajadoras a mejo­rar las condiciones del vivir, brota más tarde la luz de la conciencia de clase, no a pesar de los egoísmos inmediatos y particulares de los trabajadores, sino a través de su expli­cación y a causa de su afirmación dentro de la forma inevitable de la confraternidad del oficio» (E. Leone, op. cit., p. 52).
[10] «Las continuas luchas por la conquista del pan cotidiano y el mejoramiento de la situación general de la vida —decía Rocker— son la mejor escuela educativa de los trabajadores para el empleo y el profundizamiento práctico de sus sentimientos so­ciales y de sus iniciativas personales en los cuadros de la ayuda mutua y de la coopera­ción solidaria. Así se convierte el Sindicato en lugar de educación para el desenvolvi­miento continuo de las capacidades intelectuales y morales del proletariado y en cam­po de acción para el desarrollo de sus mejores cualidades individuales y sociales. La organización económica de lucha se transforma para él, de ese modo, en palanca de sus luchas constantes contra los poderes de la explotación y de la opresión y al mismo tiempo en el puente para llegar desde el infierno del sistema estatal capitalista al reino del socialismo y de la libertad» (R. Rocker, op. cit., p. 74).
[11] G. Yvetot, por ejemplo, que escribía en los momentos más importantes de la lucha por el establecimiento de la jornada de 8 horas, consideraba, por el contrario, que el sindicalismo no debía conformarse con simples mejoras corporativas, mientras apuntaba la disminución de las horas de trabajo como la reivindicación fundamental en la que deberían concentrarse todos los esfuerzos.
[12] «Los resultados son siempre más duraderos y mejores si dependen absoluta­mente de la presión obrera espontánea o metódica, sin el concurso de personas intermediarias» decía Yvetot (op. cit., p. 3); y añadía Pouget (op. cit., p. 15): «pero de que los sindicatos desconfíen mucho de la benevolencia gubernamental no se sigue que rechacen beneficios fragmentarios; por eso, en vez de esperarlos de la buena voluntad del Poder, los arrancan por la lucha, por su acción directa».
[13] V. Griffuelhes, op. cit., p. 21.
[14] El término proviene del inglés y tiene su origen en la actitud de vacío que los campesinos irlandeses decidieron adoptar en 1880 contra el funcionario británico Charles C. Boycott, administrador de las tierras del conde de Erne (en Irlanda), a causa del mal trato que tenía con ellos.
[15] A. Lorenzo, «Hacia la emancipación», Mahón, 1914, Biblioteca de «El Por­venir Obrero», p. 156.
[16] Del francés sabotage: trabajo mal hecho.
[17] Algunos autores añaden otras muchas formas de lucha del sindicalismo (el pro­pio Yvetot habla de «agitación en las calles», como forma de obligar «al Parlamento a votar una ley más o menos útil a la clase obrera o a denegar otra que le es perjudicial»); sin embargo, sólo las expuestas responden de manera coherente y específica al contenido ideológico del sindicalismo revolucionario, tal y como aquí lo hemos detallado.
[18] J. Puyol Alonso, «Proceso del…», cit., p. 22.

domingo, 13 de agosto de 2017

Volviendo al sindicalismo revolucionario

Fuente - Volviendo al sindicalismo revolucionario | Alasbarricadas.org por Gavroche en Jue, 03/08/2017 

En las últimas semanas he ido leyendo algunos artículos más sobre sindicalismo y entre lo más interesante se encuentra el de Lluís Rodríguez sobre la necesidad urgente de que un sindicato que se auto-reconozca como combativo tenga cajas de resistencia para ganar las huelgas. Parece de cajón.
La idea lejos de ser nueva es del siglo XIX y nos retrotrae a aquellos años de la creación del sindicalismo. Un vistazo a aquella época y los debates públicos en los que incurrían nos dejará la idea de lo lejos que estamos hoy en día de alcanzar el nivel.
En este sentido me gustaría dar un toque de atención a los anarcosindicatos actuales que se reivindican anarcosindicalistas y no pasan de dar una tónica ideológica por un lado (los principios libertarios) para luego ofrecer una tabla reivindicativa como solución sin apenas profundizar más allá del concepto.
Un ejemplo de ello sería la ponencia de Pepe Aranda para la Escuela Libertaria de CGT Andalucía. No dudo que Aranda conozca lo que es el anarcosindicalismo con precisión, sino que lo que se deduce del texto es que el anarcosindicalismo sería algo así como un sindicalismo hecho por libertarios. ¿Es así como concibe CGT el sindicalismo revolucionario? Le ocurre lo mismo a militantes de CNT que defienden que el anarcosindicalismo es básicamente un sindicalismo bajo los principios de acción directa, horizontalidad, no delegación, autogestión, etc. Definición que viene de la AIT de los años 50. Pero a esto le falta algo.
Volviendo al sindicalismo de la vieja escuela, hay que remarcar una cuestión básica: El sindicalismo es revolucionario no porque quiere hacer la revolución con muchas ganas, sino porque el sindicato ofrece es la alternativa al Estado en una sociedad post-revolucionaria. Ese es el espíritu de la Carta de Amiens de 1906. Es decir, por un lado el sindicato organiza en la actualidad a los trabajadores en base a tablas reivindicativas y lucha laboral concreta, y por el otro lado, el sindicato se podrá encargar de que la sociedad funcione una vez realizada la revolución. El sindicato y no los partidos son el modelo organizativo natural de la clase trabajadora. Sindicalizar la sociedad era visto como una fórmula para sustituir el Estado.
Bolsas de trabajo
Las ideas-fuerza del sindicalismo revolucionario son las conocidas: huelga, sabotaja, boicot y label. Pero me interesa más profundizar en la metodología. Recalco que tuvo su origen en las bolsas de trabajo francesas. Estaban vinculadas a las sociedades obreras e intentaban imponer a los capitalistas una contratación de sus bolsas. En todas las tablas reivindicativas aparecía esta petición fundamental. En el estado español no siempre fue así, pero en muchos casos los sindicatos lograron imponer una lista de personas a contratar a pesar de la negativa habitual de los patrones. Por tanto, al controlar quien entra (y quien no) a trabajar, los sindicatos se masificaron. Es como si hoy en día el INEM fuese gestionado por los sindicatos. Y de alguna manera los actuales anarcosindicatos deberían tener algún tipo de planteamiento en ese aspecto: o controlar el INEM o controlar la contratación. No tiene sentido táctico (práctico entiendo que sí) montar asambleas de parados que se dedican al autoempleo de supervivencia. Habrá que luchar para que entren a trabajar al lugar donde le convenga al sindicato que estén.
Cajas de resistencia

Otro aspecto era las propias cajas de resistencia, que hacían que las huelgas pudieran tirar adelante con garantías. Hacia 1900 algunos sindicatos exigían que para iniciar una huelga el sindicato tenía que tener una caja para sostener a toda la plantilla durante 15 días como mínimo. Aquí vemos la seriedad con la que se tomaban estas decisiones, y porqué las huelgas eran auténticas batallas de la guerra de clases. Los sindicatos de carácter libertario solían oponerse a esto porque se producía un apalancamiento de los trabajadores en huelga y no llegaban a las últimas consecuencias de sus actos.
Mutualidades
Los sindicatos además se rodeaban de mutualidades, que cubrían las bajas y las jubilaciones. Esto se fue acabando cuando se impuso el retiro obrero en 1919, que fue la primera vez que hubo un seguro de este tipo. De la otra manera tenías que trabajar hasta que tus fuerzas te abandonaban. Entonces dependías de que te mantuviera la família o la caridad. En nuestros días tenemos un sistema de pensiones, heredero de aquel, impuesto gracias a la lucha de nuestros abuelos y bisabuelos. Si las pensiones amenazan con volver a privatizarse, la clase trabajadora de nuestro tiempo debe exigir participar en su gestión ya que no basta solo con que las cosas sean públicas, sino es que necesario un control democrático. Y los sindicatos pueden llegar a ser una buena forma de control democrático.
Cooperativas
Otras entidades con las que se rodeaban los sindicatos de los viejos tiempos eran las cooperativas. Se encargaban de la distribución de alimentos, ropa y otros productos de consumo básico. Y lo hacían a precios de coste o asequibles para sus miembros. Los sindicatos solían albergar un economato o una cooperativa. Y este modelo llegó hasta los años 30 cuando los anarcosindicalistas llegaron a la conclusión de que la economía se tendría que basar en el sindicato para la producción y la cooperativa para el consumo. Es obvio que había también otras cooperativas de producción. Ahí había una especie de competencia entre sindicato y cooperativa, aunque de una cooperativa podría salir un sindicato y de un sindicato montarse una cooperativa.

Empresas
Volviendo a traducir a nuestros días esta característica del antiguo movimiento obrero nos encontramos con la economía social actual. Este entramado cada vez más potente y desarrollado debe ir colaborando con los sindicatos y viceversa. No deben verse como compartimentos estancos que viven a espaldas el uno del otro. Debemos ir concienciándonos para realizar el consumo en nuestros ambientes y que repercuta en algo próximo, de calidad y solidario. Esto le da solidez al sindicalismo y lo hace parte de un movimiento más amplio. Y se acerca a la idea poco desarrollada del label obrero, la aceptación de una empresa con buenas prácticas. ¿Qué sindicato lleva a cabo eso? Cuando lees Solidaridad Obrera de los años 20 y 30 te das cuenta que está lleno de publicidad de algunas empresas... pues eso era. Eran empresas que se portaban bien con los trabajadores o empresas en las que participaba gente del movimiento.
Conclusiones
Porque en definitiva tenemos que rodear el sindicato de una serie de estructuras que van más allá de lo meramente cultural o ideológico, que lo hacen válido para controlar un territorio. Ateneos, asociaciones vecinales, asambleas de barrio, movimientos sociales, entidades del tercer sector, entidades de cultura popular hacen esa función territorial y comunitaria con las que los sindicatos deben colaborar. Y no digamos si se piensa en generar un entorno de militantes divididos en comités de barrio o de polígono como en los viejos tiempos. La red se hace mucho más compleja y rica y puede llegar a los barrios de clase trabajadora que hoy en día se encuentran huérfanos de alternativas de izquierdas y que como sigan así serán carne de cañón para el neofascismo como ocurre en otros países de Europa.
Resumiendo, tenemos unos sindicatos que son pequeños pero que podrían tener mucha más proyección si adoptaran las estrategias y tácticas del antiguo sindicalismo revolucionario. Si un sindicato se rodea de cooperativas, cajas de resistencia, si tiene ambición de controlar la contratación, de participar en la gestión de las cosas que hoy en día administra el Estado (sin caer en la trampa de la burocracia), si colabora con todo tipo de entidades de su territorio intricándose en su vida social,... se le da credibilidad a sus intenciones finalistas: el comunismo libertario, que según los antiguos se basaba en municipio, sindicato y cooperativa. Eso puede sustituir al Estado, que debería ser nuestro objeto.
La vía actual es que hay que ganar huelgas y conflictos para crecer. Y llevamos 30 años así, sin vivir un crecimiento sustancial a pesar de las crisis y viendo generaciones de afiliados pasar por los sindicatos hasta que lo dejan. Tener tablas reivindicativas es importante para mantener los pies en el suelo (mejores salarios, renta básica, garantía laboral, remunicipalizaciones, prohibición de las ETT...). Pero la persona recién afiliada debe verse rodeada de un entramado de organizaciones sociales que apunten hacia una nueva sociedad. Así ganarás los conflictos para algo más que para una defensa de derechos: para garantizar esa sociedad, para contribuir a la utopía. El sindicalismo que se reconoce como revolucionario en pleno debe actuar de esta manera. Coincidiendo en sus reivindicaciones troncales con los movimientos populares y vecinales.

Entiendo que si apostamos por ganar, tenemos que ir hacia el One Big Union del que hablaba José Luís Carretero, que no es otra cosa que fundar organizaciones de masas donde coexistan varias tendencias, sin tener que hacer un sindicato por cada ideología y matiz táctico. Eso fue la CNT de 1919: la casa grande del proletariado (al menos el de Catalunya). Y sigo soñando, si apostamos por ganar tenemos que crear entidades de formación de militantes, que nos enseñen economía, como el seminario Taifa, que podría ser impulsado desde los sindicatos. Otra idea es lograr un sindicalismo cercano a los estudiantes, pero no para que nos peguen los carteles sino para llegar a toda una capa de técnicos e ingenieros del futuro que puedan ayudarnos a gestionar un país... en vez de que acaben de cuadros de la «nueva izquierda».
¿Orientamos la formación sindical hacia ello? ¿hacia el control de la economía? La utopía que nos falta en el siglo XXI puede volver a ser el sindicalismo revolucionario tal como lo concebían en el siglo XIX. Pero debe ser comprendida en toda su amplitud huyendo del reduccionismo al que se condenó a esta idea en el exilio en los años 40-60. Y esto implica la creación de un modelo sindical propio. Tareas titánicas todas ellas, pero que no debemos olvidar que fueron realizadas en sus comienzos por sindicatos más pequeños que los actuales anarcosindicatos ibéricos.